Agost, capital de la alfarería

Escultura cerámica en homenaje a las peonas, mujeres de Agost que se dedicaban a la alfarería.

Entre montañas arcillosas blanquecinas y rodeado de viñas se encuentra Agost, un pequeño municipio situado a tan solo 18 kilómetros de Alicante. Su pasado, su presente y su futuro están ligados a la alfarería, una actividad que hunde sus raíces en el siglo XIII y que ha supuesto durante décadas el principal motor económico de la localidad.

El visitante abierto a la imaginación podrá descubrir en cada rincón de sus calles angostas un vestigio de la importancia del arte de moldear el barro en este rincón de la comarca de l’Alacantí. Paredes sin enlucir se mimetizan con los montes que circundan el municipio de donde aún hoy se extrae esa arcilla tan característica de la zona.

El recorrido comienza en la plaza de España, punto neurálgico de la población, donde destaca su fuente del siglo XVIII, y en cuyo entorno ha girado y gira la vida de los agostenses. Es aquí donde si alzamos la mirada y buscamos la placa que da nombre a la plazuela, observamos que esta es de cerámica en un merecido tributo del municipio a la tradición alfarera.

Fuente de la plaza de España de Agost, del siglo XVIII.

Seguimos el recorrido por la calle la Font hasta llegar a la Font de l’Abeurador, la más antigua de la localidad, data de 1699. Cántaros y botijos han dejado las marcas del pasado alfarero en la piedra, pudiéndose ver todavía hoy los huecos horadados. Un lugar, sin duda, muy valioso para la actividad artesana de Agost, puesto que el agua venida de la sierra próxima era y es uno de los elementos indispensables para la alfarería.

Junto a la fuente, el lavadero municipal. Punto de encuentro de los lugareños hasta 1970. Su buena conservación nos permite ver cómo se dividía en varios estanques de enjuague y lavado.

Font de l’Abeurador de Agost.

De aquí, nos dirigimos a la calle de les Cantereries entre cuyos muros se esconde la historia de Agost. Talleres y almacenes se suceden junto a hornos que nos hablan del pasado alfarero y del futuro que aún hoy se vislumbra en las fábricas que se mantienen en activo.

Los artesanos marcaban en el muro los botijos que vendían a modo de ábaco

Una calle de paredes sin enlucir que se mantienen como antaño para evitar que se tiznaran con el humo que todo lo impregnaba cuando los hornos estaban en plena actividad. Muros del color de la arcilla que todavía hoy nos muestran las marcas a modo de ábaco que los artesanos hacían para contar los botijos que se transportaban en pequeños carros. Señales de un pasado que Agost protege y cuida como muestras de su idiosincrasia.

Imágenes de santa Justa y santa Rufina, en la ermita del mismo nombre de Agost.

Alfareros que tienen en la ermita de las santas Justa y Rufina a sus patronas, cuya devoción se manifiesta cada 19 de julio en las fiestas celebradas en su honor. Un templo modesto pero de gran valor para los artesanos que con sus donaciones hicieron posible su construcción.

Ilse Schütz fundó el museo de la alfarería en la década de los 80 del siglo pasado

Pero si hay un lugar que recoge el espíritu de Agost, ese es su museo de la alfarería. Auténtico muestrario de la historia de este pueblo que surge del empeño y dedicación de Ilse Schütz, una alemana que en la década de los 80 del siglo pasado fundó este referente del patrimonio cultural del municipio.

Botijos apilados, en Agost

Posteriormente, el ayuntamiento rehabilitó el edificio hasta convertirlo en lo que hoy es: un homenaje a la alfarería y a todo lo que rodea a esta tradición artesana. Un museo donde se hace un recorrido por las diferentes etapas del arte de manipular la arcilla y los diferentes usos que de ella se hacen. Bien merece una visita sosegada y, a buen seguro, sorprenderá al visitante con las desconocidas formas que puede adquirir un botijo y el proceso de elaboración del barro hasta su cocción en un horno.

A la entrada del museo, una imponente escultura de cerámica recibe a los visitantes, la peona, que sirve de homenaje a las mujeres que con su trabajo hicieron posible el desarrollo de la alfarería de Agost. La plaza en la que se ubica también supone un reconocimiento a los artesanos que hacen de esta localidad un lugar único. Las manos en diferentes posiciones recuerdan el proceso de elaboración y transformación del barro en las figuras de cerámica que atesora el museo anexo.

Homenaje a los alfareros en Agost.

Un lugar, en suma, de visita obligada para conocer y entender la forma de vida que durante décadas ha predominado entre los agostenses.

Pero Agost es tradición y modernidad, desarrollo y medioambiente, urbanismo y naturaleza. Sus rutas invitan a perderse a los amantes del senderismo en un entorno privilegiado, con senderos bien señalizados con diferentes niveles de dificultad. Un paraíso para disfrutar de paisajes agrestes, largas llanuras y zonas verdes de gran valor ecológico entre barrancos sin fin.

Agost es, en definitiva, un punto de parada obligatorio para los que buscan tradición y naturaleza, sin olvidarnos de su rica gastronomía, en especial, la conocida como coca de pala y sus diferentes variedades. Una localidad abierta al visitante que seguro que sorprende a todos los que por allí pasen.

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