Londres en navidad (1ª parte)

Son muchos los Londres, tantos como visitantes. Es por ello que desde dosenelcamino no te vamos a decir dónde ir, qué ver o cuándo viajar a esta ciudad cosmopolita como pocas en el mundo. Eso sería muy fácil.

Te vamos a contar cómo la hemos sentido en un recorrido fugaz de apenas cuatro días; insuficientes, pero intensos. Llenos de anécdotas que queremos compartir para que tú, lector, las hagas tuyas y, algún día, puedas disfrutar cómo nosotros lo hicimos. Este post es el primero de una serie sobre nuestro viaje.

No aconsejamos ni pretendemos; solo intentaremos perdernos por sus calles y ambientes en un viaje al que te invitamos a acompañarnos.

Un viaje por sus plazas y mercados, su inolvidable feria de navidad, sus grandes avenidas comerciales, su sorprendente barrio chino y su inolvidable Piccadilly Circus.

Un embarque más sencillo de lo esperado

Nerviosos e ilusionados iniciamos nuestro particular periplo. Muy temprano nos dirigimos al aeropuerto, donde, afortunadamente, el embarque fue más sencillo de lo esperado, gracias, sobre todo, a que nuestro equipaje se limitó a una mochila que subimos al avión sin problema y que nos evitó las siempre enojosas esperas. Pasado el control de aduana, ya nos sentíamos un poco más cerca.

El avión salió con puntualidad (casi) británica. La voz impersonal del comandante nos anunciaba al cabo de casi tres horas que habíamos aterrizado en el aeropuerto de Stansted en un día cubierto de nubes, plomizo, muy londinense.

El viaje se inició hace un par de meses, con los preparativos, pero tras pisar la pista del aeródromo la emoción de ver hecho realidad nuestro sueño se hizo más patente en nuestros rostros. Ahora sí. Estábamos en Londres y teníamos casi cuatro días por delante.

El frío y la humedad nos recibió nada más salir del reciento aeroportuario. Pronto encontramos la línea de autobuses que por unos 20 euros por persona nos trasladaría al centro de Londres. El trayecto, de unos 40 minutos, nos pareció eterno. Eran muchas las ganas de pasear por la calles de esta gran ciudad.

Tras apearnos en la parada indicada (no era la mejor opción, pero bueno…), Mr. Google nos indicó el camino a seguir para llegar a nuestro hotel. Otros cuarenta minutos andando… Calles y aceras estaban mojadas.

Trazos amarillos advertían a peatones y ciclistas, que impertérritos al frío y la lluvia se desplazaban de un punto a otro

De los bares salían voces que parecían darnos la bienvenida, mientras los viandantes con los que nos cruzábamos iban de un lado para otro, ocupados en sus quehaceres, sin que nuestra presencia pareciera importarles mucho.

Cruzábamos con precaución, atentos a esos coches que «incomprensiblemente» se nos acercaban por la izquierda. Trazos amarillos advertían a peatones y ciclistas, que impertérritos al frío y la lluvia se desplazaban de un punto a otro.

Escaparates, anuncios y edificios no dejaban de sorprendernos. Al cabo de un rato, alcanzamos nuestro hotel. Impersonal y caótico, pero céntrico. En la recepción, una mujer nos recibió tras una mesa llena de posits de colores llamativos.

En las paredes, mapas del metro y de la ciudad creaban un ambiente de camarote de los hermanos Marx. Sobre nuestras cabezas, un monitor partido en múltiples ventanas mostraban incesantemente distintas dependencias del establecimiento.

Agradecimos el calor de la estancia. Veníamos ateridos de frío y algo mojados. Nada más entrar, el suelo enmoquetado (ya tan olvidado en nuestras ciudades) nos sorprendió.

La recepcionista nos acompañó a una sala contigua para dejar nuestras mochilas. Fue al salir de esta habitación cuando el crujir del suelo de madera a cada uno de nuestros pasos nos volvió a sorprender. Nos miramos con una sonrisa cómplice, de niños en su primer día de colegio.

Al salir del hotel, la lluvia había cesado, pero la humedad lo cubría todo. Con ánimo y ganas por descubrirlo todo, nos dirigimos a la estación de metro más cercana.

La tarjeta Oyster es una especie de salvoconducto que nos llevaría a todos los rincones de Londres

Nos adentrábamos en una Babel subterránea. Voces de varios idiomas llegaban a nuestros oídos ávidos de entender algo, de participar en conversaciones ajenas y formar parte de este enjambre llamado «subway» del que salían decenas de personas.

Lo primero fue conseguir las tarjetas de transporte Oyster. Una especie de salvoconducto que nos llevaría a todos los rincones de Londres. Un sistema ingenioso y, sobre todo, práctico para visitantes y londinenses. Recargable y fácil de usar, esta especie de bonometro nos abría las puertas a un mundo paralelo en el subsuelo de la ciudad.

Escaleras sin fin nos trasladaron a pasillos interminables para desembocar en andenes grises y antiguos, llenos de gente que despreocupados por lo que pasaba a su alrededor esperaban la llegada del metro.

Todos formábamos parte de un escenario multirracial, donde se mezclaban palabras de diferentes idiomas y culturas. El joven con cascos y gorra tecleaba en su móvil con desenfreno, mientras a su lado una mujer con la cabeza cubierta con un velo no dejaba de mirar el túnel oscuro del que en 2 minutos llegaría nuestro tren.

Un fuerte ruido, de fricción metálica, llegaba por nuestra derecha. El subway hacía su entrada a una velocidad excesiva, casi suicida, con esa forma característica que le da nombre. De su interior salieron en tromba una decena de viajeros que se hacían hueco ante la muralla humana que esperaba entrar.

Ya en su interior, nos sentimos parte de esa masa que se desplaza de un lugar a otro sin concierto aparente. Las estaciones pasan hasta que una voz en off anuncia la nuestra. Nos apeamos, siguiendo el río humano que nos arrastra hasta la salida.

De nuevo, voces irreconocibles algunas veces; otras, no tanto. De lejos, nuestro oído capta alguna palabra que identificamos enseguida. Es un grupo de chicos españoles, probablemente Erasmus que de forma gregaria se dirigen a la salida como nosotros.

Ya fuera, el frío vuelve a recordarnos que estamos en Londres a unos 5 grados. No llueve, afortunadamente. Estamos abrigados y nada ni nadie nos parará. Nuestra primera parada es un típico mercadillo navideño, que por estas fechas llenan muchos rincones de la ciudad.

Mercadillos navideños

Puestos de ropa y regalos se mezclan con los tradicionales de comida para llevar. Las luces no dejan de asombrarnos pese a que aún es de día y no se aprecian en su justa medida. Un mensaje en una pizarra nos obliga a pararnos: «Auténtica paella».

Una cola de unas diez personas aguardaban con paciencia a «disfrutar» de una «auténtica paella»… Atónitos nos miramos sin poder evitar una sonrisa socarrona. A nuestro alrededor, nadie pareció percibir nuestro asombro mientras los platos de plástico desfilaban uno tras otro ante nuestras miradas perplejas.

Navidad comercial

El ambiente festivo lo inundaba todo. El cruce incesante de personas en ese escenario multicolor nos confirmaba la proximidad de una navidad marcada por su versión más comercial, pero también por la más tradicional, con árboles adornados de llamativas luces y Papas Noel dominando cada rincón.

De aquí, nos dirigimos al sempiterno Támesis tan presente. Por uno de sus numerosos puentes cruzamos al otro lado de la ciudad no sin antes fotografiar la obligada estampa del puente de Londres con la barcazas fondeadas en uno de los laterales del cauce.

Cumplida la tradicional fotografía, recorrimos uno de los márgenes del río. En los bajos de un centro comercial un grupo de chicos hacían malabares con su skates. Admirados por su destreza, inmortalizamos algunas de sus piruetas.

Justo enfrente una voz potente, rasgada, de soul, nos sorprendió. Un círculo de admiradores rodeaban a una joven que nos dejó con la boca abierta y que aún más creo un ambiente de ensueño. Los árboles engalanados con guirnaldas de colores eran el mejor atrezzo.

Continuará…

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