De Marrakech al desierto de Merzouga (y II)

Desierto de Merzouga.

Dosenelcamino.blog iniciaba la segunda etapa de su viaje a Marrakech. Probablemente la que más nos impresionó y, desde luego, la que más nos emocionó.

La cita era a las 7.30 en la plaza Djemma El Fna. El bullicio de las calles dejó paso a un ambiente fantasmagórico. La ciudad dormía bajo una fina lluvia. Ateridos de frío nos acercamos al lugar indicado. La primera impresión al ver la plaza desierta nos sorprendió. En seguida, un vehículo paró ante nosotros. Sería nuestro transporte durante las próximas diez horas en un recorrido por el imponente Atlas hasta llegar al desierto de Merzouga.

Poco a poco fueron llegando nuestros compañeros de viaje con los que disfrutaríamos de una ruta inolvidable. La furgoneta, con todas las comodidades, iniciaba su periplo recogiendo allí y allá a viajeros, mientras, poco a poco, dejábamos atrás Marrakech.

Diez horas de camino nos esperaban. Siempre hacia el este, hacia el Sahara. Pero antes teníamos que atravesar las imponentes montañas del Atlas, una cordillera que atraviesa Túnez, Argelia y Marruecos.

Tras varias horas de viaje, hacíamos la primera parada en un pequeño bar en medio de un aguacero. Un café rápido nos calentó lo suficiente para seguir nuestro camino.

La ascensión era continúa en una carretera sinuosa que se asomaba al abismo en una paisaje cubierto de nieve. Parecía imposible a unas horas de la cálida Marrakech, pero era cierto. Nuestro vehículo serpenteaba entre valles y picos a los que apenas alcanzaba la vista.

La cordillera del Atlas.

La segunda parada en un mirador nos permitió disfrutar de la grandeza y sorprendente majestuosidad de esta cordillera. Inhóspita y bella. Tras recuperar fuerzas, reiniciamos el viaje hacia el sudeste. La próxima parada sería uno de los lugares con más encanto de nuestro viaje a Marruecos. El pueblo fortificado de Ait Ben Haddou.

Situado a unos 190 kilómetros de Marrakech y a unos 30 de Ouarzazate, preside el valle del río Ounila. Considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1987, este conjunto de kasbahs es uno de los mejores conservados, más antiguos y más espléndidos ksars del país.

Nuestro guía cruzó el puente que nos llevaría desde el núcleo más moderno hasta la ciudad bereber de Ait Ben Haddou, a unos 100 metros de altura. El ascenso entre calles estrechas y kasbahs de adobe (arena, arcilla, agua y, a veces, material orgánico como paja o estiércol) nos trasladaron a iconos cinematográficos que han tenido en este lugar mágico su mejor escenario.

No en vano, aquí se han rodado películas tan recordadas como Lawrence de ArabiaJesús de NazaretLa última tentación de CristoLa Momia, GladiatorAlejandro Magno y más recientemente la serie Juego de Tronos

Nos contó nuestro guía bereber que solo unas diez familias siguen viviendo en este entresijo de paz solo roto con las típicas tiendas donde hacer acopio de recuerdos.

La subida finaliza en una especie de explanada de excelentes vistas, con el río Ounila, el palmeral y al fondo el desierto. Nuestro próximo destino.

Nos poníamos en camino hacia las Gargantas del Dades. Anochecía mientras la furgoneta serpenteaba entre montañas rojizas de gran belleza.

Las casas se fundían con el paisaje adoptando ese color tan peculiar de esta zona de Marruecos. Poco a poco nos adentrábamos en este profundo barranco, destino turístico de miles de viajeros que no quieren perderse sus impresionantes paisajes y la hospitalidad de sus gentes: los bereberes.

Tras una primera parada ante un desfiladero, llegamos a la garganta. Dos acantilados de 300 metros de altura que nos hacen sentir insignificantes ante la grandeza de la naturaleza.

Adentrarse en este bello paraje, con el omnipresente río Dades, es imbuirse de sensaciones hasta ahora ocultas. Sobran las palabras y se impone el silencio. Solo cabe la admiración más absoluta ante lo que tenemos ante nuestros ojos. Paseamos rodeados de gigantes que nos miran con curiosidad. Estamos en las Gargantes del Dades.

La luz del anochecer nos ofrece una imagen más bella si cabe. Disfrutamos de nuestro entorno y nos sentimos inmensamente agradecidos. Marruecos, una vez más, nos ha enamorado.

Retomamos el viaje hasta un hotel próximo donde descansar de una larga jornada llena de emociones. Pero lo mejor estaba por llegar: el desierto de Merzouga.

Al amanecer iniciábamos la marcha tras un reconstituyente desayuno. Teníamos por delante un nuevo día. De nuevo en la furgoneta, el silencio y la caras somnolientas se apoderaban del ambiente. El conductor y nuestro guía nos informaban de nuestra nueva ruta.

Poco a poco, las montañas y los desfiladeros dejaban paso a enormes llanuras. El paisaje se tornaba ocre y llano. Cruzábamos pueblos donde el tiempo parecía haberse detenido. Definitivamente, estamos en otro mundo muy distinto al nuestro. Estábamos en Marruecos, en un país de contrastes que asombra a todos.

De repente, a lo lejos, divisamos los primeros de los muchos dromedarios que desde entonces íbamos a encontrarnos. Puntos blancos en el firmamento aparecían como pequeños motas en un paisaje monocromático. Las antiguas jaimas de pastores han dejado paso a puntos más turísticos donde alquilar excursiones en vehículos 4×4 o en los sempiternos dromedarios.

Comenzábamos una nueva aventura. Nos aproximábamos al imponente y silente desierto de Merzouga, de cerca de 30 km de longitud y una anchura media de aproximadamente 8 kilómetros, y dunas que pueden alcanzar los 150 metros de altura.

Un lugar que a nadie deja impasible. Cada vez estábamos más cerca del también conocido como desierto de Erg Chebbi. En el horizonte, las dunas de fina arena estaban a tiro de piedra. Y la emoción nos embargaba. Aquí y allá, mirábamos por las ventanillas de la furgoneta en un intento fútil de retener todo lo que nuestros ojos veían.

La llegada al pueblo de Merzouga a media tarde nos permitió disfrutar de una temperatura muy agradable y un ligero viento. Por fin, pisamos el desierto. Tras descargar nuestras mochilas, nos prepararon para lo que sería, sin duda, otro de los momentos más increíbles. El paseo en dromedario por esta zona del desierto de Sáhara es experiencia inolvidable.

Con incertidumbre y, por qué no reconocerlo, cierto temor, iniciamos el camino entre las dunas. El anochecer iba poco a poco imponiéndose. En fila, aferrados a nuestro dromedario, en una especie de montaña rusa, nos dirigíamos a nuestro campamento en medio del desierto. Dos horas de camino en silencio, con los sentidos a flor de piel. Los ojos iban de acá para allá en un intento por no perderse nada de lo que teníamos ante nosotros.

El sol se escondía tras las dunas mientras nos acercábamos a una zona de jaimas. Pero antes, una parada para admirar el anochecer. Por un momento, ilusos, nos creímos parte de esta belleza. Pero no era así. Somos meros visitantes que pasan y se van, pero las dunas seguirán por siempre.

Reanudamos la marcha tras casi dos horas de camino hasta llegar al campamento. Bajo un firmamento de estrellas infinito, nos acomodamos en nuestra jaima. Un espacio confortable que nos sorprendió gratamente. Estábamos en medio del desierto, en una noche que se aventuraba inolvidable, a miles de kilómetros de nuestra ciudad.

Tras dar buena cuenta de una cena abundante, la velada nos reservaba nuevas sorpresas.

En torno a una hoguera, la fiesta bereber daba sus primeros pasos. Al principio, tímidamente para luego estallar en una expresión de alegría y júbilo donde viajeros, fuego y desierto nos fundimos en un solo ser.

Los tambores y las panderetas alegraban la noche. Era un día muy especial y así lo celebramos. Abandonados a la magia de la noche, bailamos, cantamos y gritamos. Éramos todos uno. El desierto nos hizo suyos.

Al amanecer, recogimos nuestras cosas para regresar al punto de partida. El camino de vuelta volvió a sorprendernos. El sol iba haciéndose fuerte en el cielo, proyectando sombras de una fila mágica que avanzaba sin descanso entre el mar de dunas. Silencio, de nuevo el silencio, se apoderó de todos nosotros. La emoción se hizo de nuevo fuerte. Las imágenes de paisajes imposibles nos hacían recordar que estábamos inmersos en un sueño del que no queríamos despertar.

Tras llegar a Merzouga, iniciamos el camino de vuelta a Marrakech. La pena y la tristeza nos embargaban. Nuestro cuerpos volvían a la ciudad, a la civilización, pero nuestras almas se quedaron allí: en el desierto, entre las dunas.

Dosenelcamino.blog quiere agradecer la oportunidad que este viaje nos ofreció de conocer a una pareja que desde entonces llevamos en nuestros corazones. El destino nos unió para siempre. Ahora solo nos queda reencontrarnos para recordar lo que vivimos y lo que, a buen seguro, viviremos en la próxima cita. La fortuna dirá dónde. Gracias a Romina y Paride.

Queremos agradecer también el excelente trato que en todo momento nos brindó el equipo de Morocco Global Adventures. Profesionalidad y amabilidad para un viaje inolvidable.


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