La experiencia única de un auténtico hamman marroquí

Entrada al hamman Moussaine, en Marrakech.

Los epítetos se quedan cortos para definir la experiencia de un verdadero hamman. Dosenelcamino.blog tuvo la suerte de visitar uno durante su viaje a Marrakech, el Hamman Mouassine.

Entre sus paredes, el visitante tiene la sensación de viajar al pasado más tradicional de este pueblo. Fundado en 1562, se ha mantenido prácticamente igual en los últimos cinco siglos, y nada tiene que ver con los más turísticos, que tanto proliferan en la ciudad amurallada.

La curiosidad se impuso a la incertidumbre. Tras los primeros momentos de desazón, entramos en un espacio muy diferente a la imagen estereotipada que predomina sobre este tipo de establecimientos. Las sensaciones se agolpan. La atmósfera tan peculiar del hamman nos envuelve y nos cautiva. La humedad y el calor se palpan, casi se pueden tocar.

Lo observamos todo con la mirada del niño que comienza un viaje iniciático hacia una de las tradiciones árabes más arraigadas. Tenemos la sensación de invadir un lugar de encuentro donde jóvenes y ancianos se integran en un espacio único. Un lugar donde el marroquí se relaja y cumple con la tradición, al menos una vez a la semana, de purificar cuerpo y alma.

Nos recibe el encargado del hamman que nos invita a tomar un té mientras esperamos a que nos faciliten una toalla y chanclas. Después de prepararnos, nos dirigen a una sala de techos altos y paredes descacarilladas donde rezuma la humedad. La sorpresa y, por que no admitirlo, cierto desasosiego se apoderan de nosotros. Pero a pesar de los primeros momentos de intranquilidad, seguimos adelante.

Un joven sentado en el suelo de la sala se embadurna con ritmo acompasado todo el cuerpo con una especie de jabón negro llamado beldi. Para frotarse utiliza un guante que usa con fruición desconcertante. Nos mira con extrañeza.

Tras unos breves instantes, continúa con su ritual. Llena un cubo de agua caliente y se enjuaga todo el cuerpo una y otra vez mientras próximo a él un niño de unos seis años observa atentamente cómo su padre le enseña a aplicar el jabón por todo el cuerpo. Primero los brazos, luego las piernas y el torso. Una y otra vez.

Un anciano tumbado en el suelo permanece inmóvil. Nos mira y sonríe. No entendemos lo que nos dice. Señala el guante y el beldi que tenemos a nuestro lado.

En ese momento entra el masajista. Un hombre con poblado bigote que nos pide que nos tumbemos en una especie de alfombrilla. Con la mirada fija en el techo, permanecemos unos minutos inmóviles, con el pensamiento perdido y la duda de si estamos en el sitio adecuado.

A los pocos minutos vuelve con un cubo lleno de agua. Primero nos embadurna con el jabón negro, hecho de aceite de oliva y con propiedades exfoliantes naturales. Con su guante nos frota los brazos, las piernas y la espalda de forma concienzuda. La mirada se mantiene fija en el techo del que caen gotas minúsculas de condensación. El ambiente, por momentos, se hace irrespirable. La humedad y el calor forman una densa niebla del que surgen figuras desdibujadas.

Finalizado el ritual del beldi, nos enjuaga con cubos de agua caliente que recoge de un grifo en la pared de enfrente. Una y otra vez, el agua cae por todo nuestro cuerpo. Ya limpios, comienza el masaje. Primero, de espaldas. Un brazo, otro. Una pierna, la otra. Las manos fuertes recorren el cuerpo, con ritmo, sin parar. El dolor deja paso al placer. Diez o quince minutos que terminan en la cabeza. Un masaje que nos reconforta.

El tiempo se ha detenido. Llevamos casi una hora y nuestra visita al hamman llega a su fin. Sentimos que, por un instante, hemos formado parte de este pueblo y de sus tradiciones.

A la salida, el mismo hombre que nos recibió con un té nos despide con un breve pero respetuoso adiós. Y nosotros dejamos el hamman Moussaine con la firme promesa de volver.

El hamman femenino

No queremos terminar este post sin mencionar el hamman femenino. Un lugar de encuentro, pero también de relajación, y una ventana a la libertad de las mujeres marroquíes.

Entrada al hamman femenino de Moussaine, en Marrakech.

Un espacio para las confidencias donde las clases sociales desaparecen y en el que los baños y los masajes son una excusa para la desinhibición. Un oasis en el que dar rienda suelta a los sentimientos y acabar con los miedos que atenazan, en gran medida, a la mayoría de la población femenina.

En el hamman femenino, dosenelcamino.blog vivió una de las experiencias más emotivas durante su viaje a Marrakech.

La entrada, separada de la de los hombres, se sitúa en un callejón al que se llega bordeando el edificio. Nada más cruzar la puerta se repite el ritual del té con el que reciben a las marroquíes (al menos una vez a la semana deben visitar el hamman) y a las turistas ávidas de nuevas experiencias.

Con sus taburetes y pequeñas bolsas llenas de aceites, cremas y ungüentos, entran una a una en la sala donde iniciarán su baño.

Hacemos lo propio tras elegir uno de los masajes ofertados en distintas lenguas. Un ejemplo de cómo, poco a poco, los hamman se abren al turista que busca disfrutar de una tradición que se remonta a las termas romanas.

Al entrar en el sala la imagen desconcierta. Nos sentimos extraños en un mundo muy diferente del que existe al otro lado de sus muros. Aquí, las mujeres ríen a carcajadas, lloran y cantan. Se cuentan secretos inconfesables mientras cumplen con el ritual del baño.

Se acerca nuestra masajista. Semidesnuda, oronda y desbordante de bondad nos pregunta nuestro nombre mientras nos frota con el guante por todo el cuerpo tras impregnarnos de jabón negro.

Sentimos que el tiempo se para y que somos protagonistas de un momento mágico. Un ronroneo acompaña los movimientos acompasados de la señora con una dulzura que nos emociona. A nuestro alrededor, mujeres de todas las edades se lavan las unas a las otras. Se ríen, se frotan.

Alzamos la mirada y ahí está ella, cantando, susurrándonos, sin apenas entender nada de lo que dice. Pero no importa. Nos mece y nos sentimos protegidos, a salvo, en su regazo.

El canto cesa y las lágrimas recorren su cara. Nos confiesa que se acuerda de su madre, de cómo le cantaba, de cómo la quería. Y nos emociona. De nuevo. Y así, entre confidencias, acaba nuestro tiempo. Nuestro cuerpo sabe que tiene que abandonar el hamman, pero nuestra alma sigue con ella. A su lado, en nuestra memoria y en nuestro corazón. No la olvidaremos. Jamás.

Finaliza nuestra visita a un hamman marroquí. Una muestra clara de la riqueza de este país en el que conviven tradición y modernidad.

Lugares donde disfrutar de experiencias únicas que dejan una indeleble y profunda huella en el visitante.


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