Essaouira, la perla del Atlántico

Imagen de Essaouira y sus playas.

Dosenelcamino.blog finaliza con este post la serie de reportajes sobre su viaje a Marrakech. Una última parada en Essaouira que nos dejó un profundo sinsabor para el que solo existe un remedio: volver lo antes posible a esta espectacular ciudad. La conocida como “perla del Atlántico” bien merece una nueva visita con más tiempo para saborear cada uno de sus rincones.

Nuestro recorrido se inició en Marrakech de la que está separada a unos 150 kilómetros. Utilizamos uno de los autobuses que regularmente conectan las dos ciudades en unas tres horas. Una carretera que atraviesa inmensas extensiones de olivares en un paisaje casi mediterráneo pese a su situación geográfica.

Entre turistas y lugareños, el viaje transcurre con las paradas habituales en pequeños restaurantes de carretera a los que el viajero comienza a acostumbrarse en su periplo por Marruecos. Establecimientos desangelados que parecen resurgir con la llegada de los deseados visitantes.

Reanudada la marcha, siempre hacia el oeste, el paisaje se nos antoja monótono, lo que sirve de acicate para el merecido descanso tras varios días de viaje.

Pero, de repente, algo nos despierta de nuestro letargo y nos llama poderosamente la atención. Son las famosas cabras subidas a los árboles de argán. Un atractivo más de este maravilloso país que desconocíamos y que, desde luego, merece la pena contemplar. Pero ahí están. Desafiantes.

Cabras en las ramas de un árbol de argán.

Su presencia provoca un revuelo entre los pasajeros que no dejamos de señalar mientras móviles y cámaras compiten por obtener la mejor estampa.

El autobús sigue su trayecto de forma inexorable y nos quedamos con las ganas de hacer una parada en el camino para contemplar de cerca esta muestra más de la peculiaridad de este país.

Los blancos y azules compiten por destacar en el fondo ocre de su muralla

Poco a poco el paisaje se suaviza y nos llegan los primeros aromas marinos. Essaouira ya se divisa y aparece ante nosotros una imagen más propia de la costa mediterránea. Los blancos y azules compiten por destacar en el fondo ocre de su muralla, de su medina y de sus fortificaciones. Un conjunto histórico reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Nada más bajar del autobús el olor a mar nos llena los pulmones y el graznido de las gaviotas nos da la bienvenida a esta ciudad de 80.000 habitantes que ha sido testigo del paso de fenicios, romanos, portugueses y franceses de los que aún quedan vestigios en los rincones de su medina.

Essaouira ha sabido aunar tradición y modernidad

Entramos por la puerta de Bar Doukhala, una de las tres monumentales que dan acceso. Nos perdemos entre sus calles simétricas en un bullicio aletargado por la lluvia incesante que cubre todo de un manto grisáceo. Sin embargo, seguimos adelante, serpenteando entre los callejones. Contemplando esta maravillosa ciudad que ha sabido aunar tradición y modernidad de manera ejemplar.

Una de la tres puertas de entrada a la medina de Essaouira.

Nos dejamos llevar, sin rumbo fijo. Solo los sempiternos vientos alisios guían nuestros pasos en este lugar que rezuma historia.

Los lugareños, acostumbrados a esos extraños visitantes que cámara en mano todo lo fotografían, siguen con sus quehaceres habituales mientras el turista despistado entra en su mercado, ya casi vacío por las horas.

Seguimos recorriendo sus calles sin dejar de sorprendernos hasta adentrarnos allí donde el turista no llega, pero sí dosenelcamino.blog. Es en esta zona de la ciudad donde se dibujan las mejores pinceladas del carácter y la cultura de la ciudad.

Carros con fruta y pescado nos salen al encuentro, mientras buscamos un lugar donde reponer fuerzas. En una tradicional freiduría compramos varias piezas de pescado que degustamos con fruición en un local que nada tiene que ver con los convencionalismos occidentales. Pero estamos en Essaouira, y en su mercado. En una ciudad turística que, pese a todo, ha sabido salvaguardar sus costumbres y tradiciones.

Recuperadas las fuerzas, continuamos caminando hasta llegar a uno de sus puntos más emblemáticos: el puerto.

Sonidos, aromas y colores que nos trasladan a otras épocas

Un mar de barcas azules nos recibe mientras el fuerte olor a pescado llena nuestros sentidos. Hombres (las mujeres no se dejan ver mucho por aquí) pertrechados con chubasqueros murmuran a nuestro paso en un cielo encapotado. La lluvia arrecia pero la imagen queda fija en nuestra retina. Sonidos, aromas y colores que nos trasladan a otras épocas y a otros lugares.

Barcas azules en el puerto de Essaouira.

Las ruidosas gaviotas pululan de una proa a otra en un baile sin fin en busca de un trozo de pescado. Llega la hora de marcharse, no sin antes recorrer los puestos que a la entrada de la bocana ofrecen al turista marisco y bebida a buen precio. Un zoco marinero en el que regateo es el lenguaje oficial. Una verdadera lástima no poder quedarnos para dar buena cuenta.

Murallas de Essaouira.

El autobús nos espera. Recorremos por (pen)última vez las murallas de la Kasbah, donde la exitosa Juego de Tronos rodó alguno de sus episodios, con el convencimiento y la promesa de volver para perdernos entre sus calles. Hasta pronto.

Cañón en la fortaleza de Essaouira.


3 respuestas a “Essaouira, la perla del Atlántico

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