Altea, la villa blanca

Una de las callejuelas empedradas de Altea.

Considerado como uno de los diez pueblos más bonitos de España, Altea es, sin duda, uno de los paradigmas del turismo alicantino. Perderse ente sus calles empedradas es una de las mejores recomendaciones para el viajero ávido de paz y tranquilidad. Para dosenelcamino.blog, es un lugar muy especial del que guarda recuerdos imborrables.

Altea es un pequeño pueblo de 24.000 habitantes de la Maria Alta, que a la faldas de la sierra de Bernia se erige en un mirador privilegiado de toda la Costa Blanca, con el Peñón de Ifac y Benidorm en el horizonte.

Situado a 55 kilómetros de Alicante y a 90 de València, es visita obligada para el turista que disfruta de playas cristalinas, pero que también sabe recrearse con rincones inolvidables.

Hablar de Altea, es hablar de sus empinadas calles, de sus casas encaladas y de sus balcones multicolores

Hablar de Altea, es hablar de su casco antiguo. De sus empinadas calles, de sus casas encaladas y de sus balcones multicolores. De un laberinto que tiene en la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo el epicentro del que surgen como ramas del gran tronco callejuelas en dirección al puerto.

Dosenelcamino.blog inicia su recorrido del que nos separa apenas 90 minutos desde València. Desde que se liberalizó la AP7, visitar los municipios de la Marina Alta como Altea es mucho más rápido y, sobre todo, más barato. Pero si el viajero disfruta de sinuosas carreteras al borde del mar, merece la pena dirigirse por la nacional que bordea la costa. A cada paso, las imágenes que salen a nuestro encuentro nos dibujan playas y pequeñas calas de aguas trasparentes.

Calle de Altea.

Iniciamos nuestro recorrido por la villa blanca de la Marina Baja en un ascenso continuo por calles estrechas que nos dirigen a un aparcamiento público, próximo a la entrada del casco antiguo.

La calle Alcoi nos da la bienvenida con el empedrado tan característico de estos pueblos costeros. Viviendas de doble altura de un blanco inmaculado compiten con pequeños comercios de ropa y artesanía que reciben al turista con los brazos abiertos.

Nuestra primera parada es en el Hostal Fornet, del que guardamos un grato recuerdo. Un buen servicio a precio asequible, en una situación inmejorable, son sus mejores cartas de presentación.

Solventados los trámites del alojamiento y abiertos a nuevas experiencias, iniciamos nuestro camino. Nos sorprende la sensación de paz y tranquilidad que aquí encontramos. Nos sentimos a gusto y disfrutamos de cada momento.

Tienda de bisutería de Altea.

Cámara en mano, inmortalizamos cada uno de los rincones que aquí y allá nos salen al paso. Macetas multicolor compiten con tiendas de artesanía de todo tipo (bisutería, velas, ropa) que hacen las delicias del curioso empedernido. Pese al bullicio de los turistas, el ambiente relajado nos invita a entrar en algunos establecimientos situados a un lado y otro de la calle.

Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, de Altea, con su tejado de azulejos azules.

En la plaza central destaca la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, con su cúpula de azulejos azules, flanqueada por restaurantes variopintos de terrazas llenas.

Pero la plaza nos depara una sorpresa inesperada: el Mirador de los Cronistas. Uno de los muchos puntos que esta bella villa esconde, aunque este, sin duda, ofrece unas vistas extraordinarias con el Albir y el Peñón de Ifac al fondo.

Inmortalizado innumerables veces, este rincón atesora, a buen seguro, secretos inconfesables de enamorados que tienen aquí uno de sus mejores recuerdos.

La música suena de fondo mientras continuamos nuestro periplo por una de las callejuelas que salen de la plaza. Arrocerías, pizzerías y heladerías compiten por atraer la atención del turista. Y es que Altea ofrece una amplia oferta gastronómica en establecimientos con terraza desde la que saborear un buen arroz con vistas al mediterráneo.

Pero el turista no solo puede disfrutar de platos tradicionales, sino que también existe un amplio abanico de restaurantes italianos e hindúes para los paladares más exóticos.

Dosenelcamino.blog pudo disfrutar de un excelente “arroz al señoret” en el l’Airet, un local que ofrece calidad a buen precio en una ubicación excepcional. El trato afable del camarero y la buena cocina hicieron las delicias de una sobremesa inolvidable. Un lugar recomendable entre la gran oferta culinaria.

El atardecer es otro de los momentos únicos de Altea. Llegado este momento, solo cabe deleitarse con la luz que, poco a poco, va apagándose entre las callejuelas de este espectacular pueblo. Uno de los más bonitos de España.

Vista de la bahía de Altea desde el Mirador de los Cronistas.


4 respuestas a “Altea, la villa blanca

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