Desierto de Merzouga.

Dosenelcamino.blog iniciaba la segunda etapa de su viaje a Marrakech. Probablemente la que más nos impresionó y, desde luego, la que más nos emocionó.

La cita era a las 7.30 en la plaza Djemma El Fna. El bullicio de las calles dejó paso a un ambiente fantasmagórico. La ciudad dormía bajo una fina lluvia. Ateridos de frío nos acercamos al lugar indicado. La primera impresión al ver la plaza desierta nos sorprendió. En seguida, un vehículo paró ante nosotros. Sería nuestro transporte durante las próximas diez horas en un recorrido por el imponente Atlas hasta llegar al desierto de Merzouga.

Poco a poco fueron llegando nuestros compañeros de viaje con los que disfrutaríamos de una ruta inolvidable. La furgoneta, con todas las comodidades, iniciaba su periplo recogiendo allí y allá a viajeros, mientras, poco a poco, dejábamos atrás Marrakech.

Diez horas de camino nos esperaban. Siempre hacia el este, hacia el Sahara. Pero antes teníamos que atravesar las imponentes montañas del Atlas, una cordillera que atraviesa Túnez, Argelia y Marruecos.

Tras varias horas de viaje, hacíamos la primera parada en un pequeño bar en medio de un aguacero. Un café rápido nos calentó lo suficiente para seguir nuestro camino.

La ascensión era continúa en una carretera sinuosa que se asomaba al abismo en una paisaje cubierto de nieve. Parecía imposible a unas horas de la cálida Marrakech, pero era cierto. Nuestro vehículo serpenteaba entre valles y picos a los que apenas alcanzaba la vista.

La cordillera del Atlas.

La segunda parada en un mirador nos permitió disfrutar de la grandeza y sorprendente majestuosidad de esta cordillera. Inhóspita y bella. Tras recuperar fuerzas, reiniciamos el viaje hacia el sudeste. La próxima parada sería uno de los lugares con más encanto de nuestro viaje a Marruecos. El pueblo fortificado de Ait Ben Haddou.

Situado a unos 190 kilómetros de Marrakech y a unos 30 de Ouarzazate, preside el valle del río Ounila. Considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1987, este conjunto de kasbahs es uno de los mejores conservados, más antiguos y más espléndidos ksars del país.

Nuestro guía cruzó el puente que nos llevaría desde el núcleo más moderno hasta la ciudad bereber de Ait Ben Haddou, a unos 100 metros de altura. El ascenso entre calles estrechas y kasbahs de adobe (arena, arcilla, agua y, a veces, material orgánico como paja o estiércol) nos trasladaron a iconos cinematográficos que han tenido en este lugar mágico su mejor escenario.

No en vano, aquí se han rodado películas tan recordadas como Lawrence de ArabiaJesús de NazaretLa última tentación de CristoLa Momia, GladiatorAlejandro Magno y más recientemente la serie Juego de Tronos

Nos contó nuestro guía bereber que solo unas diez familias siguen viviendo en este entresijo de paz solo roto con las típicas tiendas donde hacer acopio de recuerdos.

La subida finaliza en una especie de explanada de excelentes vistas, con el río Ounila, el palmeral y al fondo el desierto. Nuestro próximo destino.

Nos poníamos en camino hacia las Gargantas del Dades. Anochecía mientras la furgoneta serpenteaba entre montañas rojizas de gran belleza.

Las casas se fundían con el paisaje adoptando ese color tan peculiar de esta zona de Marruecos. Poco a poco nos adentrábamos en este profundo barranco, destino turístico de miles de viajeros que no quieren perderse sus impresionantes paisajes y la hospitalidad de sus gentes: los bereberes.

Tras una primera parada ante un desfiladero, llegamos a la garganta. Dos acantilados de 300 metros de altura que nos hacen sentir insignificantes ante la grandeza de la naturaleza.

Adentrarse en este bello paraje, con el omnipresente río Dades, es imbuirse de sensaciones hasta ahora ocultas. Sobran las palabras y se impone el silencio. Solo cabe la admiración más absoluta ante lo que tenemos ante nuestros ojos. Paseamos rodeados de gigantes que nos miran con curiosidad. Estamos en las Gargantes del Dades.

La luz del anochecer nos ofrece una imagen más bella si cabe. Disfrutamos de nuestro entorno y nos sentimos inmensamente agradecidos. Marruecos, una vez más, nos ha enamorado.

Retomamos el viaje hasta un hotel próximo donde descansar de una larga jornada llena de emociones. Pero lo mejor estaba por llegar: el desierto de Merzouga.

Al amanecer iniciábamos la marcha tras un reconstituyente desayuno. Teníamos por delante un nuevo día. De nuevo en la furgoneta, el silencio y la caras somnolientas se apoderaban del ambiente. El conductor y nuestro guía nos informaban de nuestra nueva ruta.

Poco a poco, las montañas y los desfiladeros dejaban paso a enormes llanuras. El paisaje se tornaba ocre y llano. Cruzábamos pueblos donde el tiempo parecía haberse detenido. Definitivamente, estamos en otro mundo muy distinto al nuestro. Estábamos en Marruecos, en un país de contrastes que asombra a todos.

De repente, a lo lejos, divisamos los primeros de los muchos dromedarios que desde entonces íbamos a encontrarnos. Puntos blancos en el firmamento aparecían como pequeños motas en un paisaje monocromático. Las antiguas jaimas de pastores han dejado paso a puntos más turísticos donde alquilar excursiones en vehículos 4×4 o en los sempiternos dromedarios.

Comenzábamos una nueva aventura. Nos aproximábamos al imponente y silente desierto de Merzouga, de cerca de 30 km de longitud y una anchura media de aproximadamente 8 kilómetros, y dunas que pueden alcanzar los 150 metros de altura.

Un lugar que a nadie deja impasible. Cada vez estábamos más cerca del también conocido como desierto de Erg Chebbi. En el horizonte, las dunas de fina arena estaban a tiro de piedra. Y la emoción nos embargaba. Aquí y allá, mirábamos por las ventanillas de la furgoneta en un intento fútil de retener todo lo que nuestros ojos veían.

La llegada al pueblo de Merzouga a media tarde nos permitió disfrutar de una temperatura muy agradable y un ligero viento. Por fin, pisamos el desierto. Tras descargar nuestras mochilas, nos prepararon para lo que sería, sin duda, otro de los momentos más increíbles. El paseo en dromedario por esta zona del desierto de Sáhara es experiencia inolvidable.

Con incertidumbre y, por qué no reconocerlo, cierto temor, iniciamos el camino entre las dunas. El anochecer iba poco a poco imponiéndose. En fila, aferrados a nuestro dromedario, en una especie de montaña rusa, nos dirigíamos a nuestro campamento en medio del desierto. Dos horas de camino en silencio, con los sentidos a flor de piel. Los ojos iban de acá para allá en un intento por no perderse nada de lo que teníamos ante nosotros.

El sol se escondía tras las dunas mientras nos acercábamos a una zona de jaimas. Pero antes, una parada para admirar el anochecer. Por un momento, ilusos, nos creímos parte de esta belleza. Pero no era así. Somos meros visitantes que pasan y se van, pero las dunas seguirán por siempre.

Reanudamos la marcha tras casi dos horas de camino hasta llegar al campamento. Bajo un firmamento de estrellas infinito, nos acomodamos en nuestra jaima. Un espacio confortable que nos sorprendió gratamente. Estábamos en medio del desierto, en una noche que se aventuraba inolvidable, a miles de kilómetros de nuestra ciudad.

Tras dar buena cuenta de una cena abundante, la velada nos reservaba nuevas sorpresas.

En torno a una hoguera, la fiesta bereber daba sus primeros pasos. Al principio, tímidamente para luego estallar en una expresión de alegría y júbilo donde viajeros, fuego y desierto nos fundimos en un solo ser.

Los tambores y las panderetas alegraban la noche. Era un día muy especial y así lo celebramos. Abandonados a la magia de la noche, bailamos, cantamos y gritamos. Éramos todos uno. El desierto nos hizo suyos.

Al amanecer, recogimos nuestras cosas para regresar al punto de partida. El camino de vuelta volvió a sorprendernos. El sol iba haciéndose fuerte en el cielo, proyectando sombras de una fila mágica que avanzaba sin descanso entre el mar de dunas. Silencio, de nuevo el silencio, se apoderó de todos nosotros. La emoción se hizo de nuevo fuerte. Las imágenes de paisajes imposibles nos hacían recordar que estábamos inmersos en un sueño del que no queríamos despertar.

Tras llegar a Merzouga, iniciamos el camino de vuelta a Marrakech. La pena y la tristeza nos embargaban. Nuestro cuerpos volvían a la ciudad, a la civilización, pero nuestras almas se quedaron allí: en el desierto, entre las dunas.

Dosenelcamino.blog quiere agradecer la oportunidad que este viaje nos ofreció de conocer a una pareja que desde entonces llevamos en nuestros corazones. El destino nos unió para siempre. Ahora solo nos queda reencontrarnos para recordar lo que vivimos y lo que, a buen seguro, viviremos en la próxima cita. La fortuna dirá dónde. Gracias a Romina y Paride.

Queremos agradecer también el excelente trato que en todo momento nos brindó el equipo de Morocco Global Adventures. Profesionalidad y amabilidad para un viaje inolvidable.

(Del 30 de noviembre al 2 de diciembre)

Sabíamos que el viaje a Marrakech iba a ser especial. Tras varios meses de preparación, por fin iniciábamos nuestra primera ruta por Marruecos, un país de contrastes que nos enamoró. Dosenelcamino.blog inicia con este post una serie de reportajes sobre nuestras experiencias en la ciudad amurallada.

Hay tantos viajes como viajeros. Las experiencias y sensaciones que cada uno puede experimentar difieren de las vividas por otras personas aunque hayan coincidido en los mismos lugares.

Son muchos los blog y las web que incluyen un sinfín de recomendaciones sobre qué visitar, cómo llegar, dónde hospedarse, dónde comer… Pero son los pequeños detalles los que, a menudo, hacen del viaje una experiencia inolvidable. Dosenelcamino.blog quiere ofrecerte esos consejos difíciles de encontrar que te ayudarán a huir de tópicos y estereotipos tan manidos como, a menudo, poco útiles.

Una breve introducción histórica nos permitirá conocer, aunque someramente, la importancia de esta ciudad imperial situada al oeste del reino de Marruecos. Fue fundada en 1062 por Yusuf ibn Tašufin, de la dinastía bereber de los almorávides. Desde entonces ha sido testigo del paso de los almohades, benimerines, jerifes

Una historia convulsa en la que también tuvieron protagonismo españoles, portugueses y franceses hasta su independencia en 1956. Una ciudad, Marrakech, conocida por sus palacios, jardines y su muralla. Restos de un pasado glorioso que se vio truncado al dejar paso a Rabat como capital del país.

Pero Marrakech es mucho más que su historia. Son sus gentes, sus aromas, sus zocos, sus contrastes, sus colores…

Es precisamente esa sensación de estar en otro mundo tan distinto al nuestro la primera impresión que nos impactó al bajar del avión. A apenas dos horas de vuelo desde València, Marrakech ofrece al viajero ávido de nuevas sensaciones una oportunidad única de vivir experiencias inolvidables.

Abiertos a un viaje iniciático, Dosenelcamino.blog llega a la ciudad amurallada de noche. Nada más bajar del avión, el calor se deja notar. La emoción nos embarga.

La salida del aeropuerto es el comienzo de una experiencia única y sorprendente. Pese a la hora, el revuelo de taxistas con carteles y de conductores privados en busca de turistas es abrumador. Tras un momento de incertidumbre, encontramos al nuestro que nos traslada a la primera Riad de las tres en las que nos hospedaremos en Marrakech.

El traslado desde el aeródromo hasta la ciudad es el preludio de lo que experimentaríamos después. El caos circulatorio es total, y lo que, en un primer momento, nos pareció casi una temeridad, luego se tornó en un rasgo más de esta ciudad y de sus gentes.

Nos percatamos de que estamos en una ciudad muy diferente a la nuestra. Coches y motocicletas se disputan la calzada en una guerra fratricida sin vencedores ni vencidos. Resulta sorprendente cómo los vehículos se cruzan ignorando las reglas básicas de circulación.

Pero esto es Marrakech. El viajero debe ser consciente de que visita una ciudad, un país, que transita entre la tradición y la modernidad de una forma muy peculiar.

El primer consejo de dosenelcaminoblog.es es mirar muy bien a ambos lados de la calle cuando nos dispongamos a cruzar. Y, sobre todo, en el zoco donde visitantes, motos y hasta carros comparten un mismo espacio angosto y, a menudo, sin espacio suficiente para moverse. Más adelante, detallaremos cómo nos fue en nuestra visita al zoco.

La llegada a la riad El Bellar fue más ajetreada de lo que hubiéramos imaginado. El entresijo de calles estrechas, inundadas de gente, nos sorprendió, pero la conmoción fue aún mayor cuando, por fin, cruzamos la puerta de entrada. El ruiodoso bullicio queda atrás para sumergirte en un ambiente sereno, tranquilo, donde el agua, las palmeras y las velas dan la bienvenida al visitante.

Está situada a 250 metros de la plaza Djemaa El Fna, a 400 metros de la Medina de Marrakech, a 400 metros del zoco de la Medina y a 5 km del aeropuerto de Marrakech-Menara.

Con una tradicional estructura presidida por el patio central, las habitaciones se sitúan en las plantas superiores. Su decoración traslada al visitante a un escenario de “Las mil y una noches”. Con todos los servicios necesarios de una habitación moderna, pero con los detalles de una auténtica riad. Y, por supuesto, con wifi.

Una vez instalados, es obligada la visita a La Plaza de Jamaa el Fna, el verdadero corazón de la ciudad. Todo pasa por este lugar. Nuestra primera toma de contacto de este peculiar enclave se produjo ya de noche.

Los puestos de comida donde disfrutar del tradicional tajín, las paradas de frutas donde degustar un delicioso zumo elaborado al momento (recomendamos por propia experiencia el puesto 49. Zumos auténticos y elaborados al momento) y los tenderetes de todo tipo de productos forman este peculiar ecosistema, centro neurálgico de Marrakech.

Restaurantes y teterías circundan una plaza a rebosar de turistas de todas las nacionalidades. A cada paso, carta en mano, jóvenes atentos a cualquier viajero despistado asaltan al posible cliente en un regateo sinfín.

De regreso al hotel, resulta abrumador pasear en el entresijo de calles. Las primeras horas en la ciudad amurallada llegan a su fin. Es hora de reponer fuerzas para la siguiente jornada.

Si nos sorprendió la decoración de la habitación, el desayuno no fue para menos. Café, fruta, tostadas, frutos secos, fiambre, mantequilla, zumo… Empezábamos el día de la mejor manera posible.

Comenzamos nuestro segundo día en Marrakech donde terminó el primero: en la plaza de Jamaa el Fna. Por la mañana, todo cambia. Se transforma. Los puestos de venta de todo tipo proliferan. Todo se vende, todo se compra.

En el bullicio de sus calles, Marrakech también oculta un lado más oscuro. Jóvenes que intentan engañar al turista despistado con más o menos éxito. Hay que tener cuidado con ellos. Se ofrecen como guías improvisados para llevarte donde tú quieras de forma gratuita. La realidad no es esa. Al final te piden (exigen) una cantidad por un supuesto servicio altruista.

En nuestro caso, nos dirigieron al barrio de los curtidores, al norte de la Medina. Un entresijo de edificios y naves desvencijadas donde se trata las pieles como hace siglos. Un olor nauseabundo lo impregna todo. A la entrada, el “guardián” te guía entre una zona de pequeñas pozas donde se tratan los distintos tipos de piel para su posterior tinte. Para mitigar en lo posible el mal olor te ofrecen ramitas de hierbabuena. Un remedio casero, sinceramente, de poca o nada utilidad.

Una curiosidad. Al parecer, según nos contó el improvisado guía que nos acompañó durante la visita, se utilizan excrementos de paloma para ablandar la piel por su gran poder corrosivo.

De ahí nos dirigimos a una de las muchas tiendas donde el viajero puede comprar alguno de los numerosos productos de piel que se venden a bajo precio en Marrakech. La fabricación casera y las precarias condiciones de los trabajadores están detrás de por qué se venden carteras, bolsos, mochilas y alfombras muy por debajo de lo que nos encontraríamos en cualquier tienda española.

Tras reponer fuerzas, realizamos un recorrido guiado por la ciudad. Muy recomendable para conocer esos pequeños detalles y anécdotas que hacen más interesante el viaje.

Otra curiosidad. En Marrakech, hay un muro reservado para que las formaciones políticas peguen su propaganda electoral. No está permitida la pegada de carteles en cualquier otro punto de la ciudad.

La segunda jornada llegaba a su fin. Una cena a la luz de las velas en uno de los restaurantes próximos al riad nos permitió rememorar lo mucho vivido. El restaurante Chez Brahim es una excelente elección: buen precio, música en directo y el mejor tajín de los alrededores. Un lugar idóneo para terminar la velada. Muy recomendable.

Imagen de Castril con la peña al fondo.

Dosenelcamino.blog sigue su singladura por la comarca de Huéscar para hacer parada en Castril. Un pequeño pueblo de apenas 2.000 habitantes que a la sombra de su peña recibe al visitante tras una serpenteante carretera.

El sinuoso recorrido esconde la maravillosa imagen de este municipio ligado a su río y a la sierra homónima, una formación geológica escarpada que impresiona al visitante neófito en montañas y macizos.

Pero antes de nuestra visita a Castril, dosenelcamino.blog hizo parada en Fátima, muy próximo a este núcleo y al que pertenece administrativamente. Punto de encuentro para amantes del senderismo y la cinegética.

Y es aquí donde el destino nos deparó una nueva sorpresa. Hizo la fortuna que salieran a la luz lazos familiares casi olvidados entre dos primos que apenas se recordaban.

Las viandas en una terraza soleada fueron el preludio del citado encuentro fortuito, asombrando a propios y extraños. Tras el almuerzo, la memoria hizo de nuevo de las suyas. Destinos diferentes les habían separado de niños, pero ahora, bajo la sombra de un emparrado a las faldas de la sierra, hablaron del pasado, de aquellos momentos de hermanos y tíos, de los que ya casi nadie queda.

El apodo con el que todo lugareño es conocido, en este caso, “el Moreno”, fue la pista que nos llevó a enlazar las vidas separadas.

La alegría siguió a la sorpresa. Y a esta la añoranza de volver a encontrarse. Por un momento, el tiempo se paró. Éramos testigos de cómo el viaje iniciático por la comarca de Huéscar había unido a seres queridos.

Con la promesa de mantener el contacto que nunca debió desaparecer, dejamos el restaurante familiar Hogar el Pensionistas El Moreno, de Alfonso Galera. Su amabilidad y buenhacer nos conquistó. Habíamos estado un par de horas en Fátima, pero nos íbamos con la seguridad de haber ganado un amigo, un primo…

Retomamos la carretera A-326 en dirección a Castril. Apenas 14 minutos nos separaban de nuestro destino. La tarde, soleada, invitaba a seguir descubriendo paisajes.

Al salir de una curva, la imagen nos obligó a parar el coche en el arcén y disfrutar de lo que nuestros ojos contemplaban. No faltó la fotografía de rigor ni los comentarios elogiosos del peñón que teníamos ante nosotros. Las casas pegadas a la roca forman un núcleo de calles empinadas y paredes blancas que sorprenden al visitante en cada recoveco.

Dosenelcamino.blog se perdió cámara en mano hasta llegar a la base de la Peña del Sagrado Corazón y el mirador del Cantón, cuya visita, desgraciadamente, tuvimos que dejar para mejor ocasión.

Junto al acceso al mirador se encuentra la Oficina de Turismo en la que nos ofrecieron abundante información con rutas de senderismo, campings, hoteles y restaurantes de la zona.

Retomamos la ruta en dirección al río hasta alcanzar su pasarela. Una construcción de madera que bordeando el cauce del Castril parece desafiar las alturas.

Pasear por este bello paisaje, en silencio, solo con la compañía del rumor del río, nos impresiona. La luz, era atardecer, daba al entorno un halo casi mágico.

Pasarela del río Castril.

La ruta de la Cerrada del río Castril parte del propio núcleo urbano y en poco más de dos kilómetros brinda al viajero la posibilidad de disfrutar de un ecosistema fluvial de gran riqueza.

Merece la pena hacer parada en una antigua central eléctrica a la que se llega tras cruzar un puente colgante desde el que se puede retratar el cañón con unas inmejorables vistas.

El recorrido prosigue hasta otro puente que conduce a una galería -de casi setenta metros de longitud- excavada en la roca que culmina en un balcón natural desde el que el viajero puede contemplar el último tramo de la estrecha garganta del Castril y un salto de agua.

El camino nos lleva a un antiguo molino -que todavía conserva la maquinaria- y que reconvertido en restaurante sirve de inmejorable parada para un refrigerio. De aquí, entre bancales y cultivos propios de la zona, dosenelcamino.blog asciende hasta llegar a la Peña de Castril.

De regreso, Castril nos brinda una imagen más digna de elogio. Al anochecer, la peña nos ofrece ese característico color sepia de las rocas iluminadas. Una imagen inolvidable.

Dejamos el pueblo, pero con la promesa de volver. Y, sin duda, lo haremos.

Ante el gran tilo en el cortijo Girón, en la Sierra de La Sagra.

Este es un viaje al pasado, a los recuerdos casi olvidados, a la añoranza… a nuestros orígenes. Dosenelcamino.blog hoy continúa la ruta iniciada en Huéscar para desde aquí dirigirse a los cortijos de la Sierra de La Sagra.

A pocos kilómetros del pueblo, en dirección a Pozo Alcón, nos sale al encuentro un camino rural de los que antaño utilizaban los moradores de los cortijos para bajar a la localidad y vender sus productos.

El estado de la pista es solo un espejismo de lo que nos esperaba, pero en esta primera etapa de nuestro recorrido las ganas de alcanzar el destino y el ánimo se mantienen altos .

Recorremos veredas y campos de almendros y olivos. Las explotaciones ganaderas salpican el paisaje a un lado y otro del camino. El cielo azul, límpido y claro augura una jornada idónea para perderse en estas tierras presididas por la Sierra de La Sagra y sus imponentes 2.383 metros (la segunda cima más alta de la mitad sur peninsular, solo superada por Sierra Nevada).

“Al andar se hace camino”, decía el sempiterno Antonio Machado y en el que ahora nuestra memoria recala en este entorno agreste, donde el silencio solo es roto por aguas trasparentes que desde la montaña bajan por acequias de juncos hasta las zonas más bajas de la comarca.

Avanzamos contemplando el paisaje, sin prisas, con la esperanza de que el viaje nos lleve a un tiempo pasado, en el que hombre y naturaleza formaban un todo único.

El cruce de caminos nos obliga a desconfiar de nuestro destino. Sin embargo, el viajero empedernido siempre ha de dejarse llevar, en algún momento, por la improvisación.

Tomamos el primer desvío a la izquierda, no sin algún contratiempo superado con decisión y algo de temor, pero que nos llevó hasta las faldas de la gran montaña. Ahí, tras superar el zigzagueante camino nos esperaba un prado verde. La parada es obligada. Las espectaculares vistas permiten desentumecernos tras casi dos horas de camino.

La memoria, a veces, nos juega malas pasadas y nos impide ver la realidad. Los desvencijados restos de lo que antaño parecía ser uno de los muchos cortijos de la sierra nos confunden. Estamos, sin saberlo, ante el que era nuestro destino, pero la imagen de lo que fue y que en nada se parece a lo que teníamos delante nos hace errar.

Recuperamos la marcha, dejando atrás el cortijo Girón, o lo que quedaba de él. Volvemos a la pista forestal con mucha incertidumbre. Lo que hacía unas horas era entusiasmo se torna en frustración. Sin embargo, en una atalaya próxima, lo que parece a primera vista un corral, nos devuelve el ánimo y las ganas de continuar en nuestra empresa.

Uno de los cortijos en la Sierra de La Sagra, en Huéscar.

Nuestra parada en esta ocasión nos permite conversar con un lugareño que nos saca de nuestras dudas. Finalmente, sabemos dónde y cómo llegar al anhelado destino. Tras unas breves palabras y con el deseo de cumplir nuestro objetivo, retomamos la marcha para al cabo de una media hora regresar al cortijo Girón.

Esta vez sí, lo habíamos conseguido. La sensación del deseo cumplido nos inunda. Cual exploradores en una tierra innota, escudriñamos cada uno de los rincones de esta vetusta edificación, imagen distorsionada de lo que hace medio siglo era una próspera explotación agrícola y ganadera.

El niño de entonces no para de señalar y recordar. Ha vuelto a sus orígenes, en un viaje al pasado que todos recordaremos.

Ya no es lo que era, pero el cortijo Girón mantiene desde la atalaya en la que se encuentra un halo de majestuosidad venida a menos que nos atrae.

La mirada del antiguo morador se pierde en la lejanía, buscando el hierro al que aferrarse, aquel que le devuelva momentos felices cuando había familia, padre y madre, abuelos… Los ojos buscan lo que hace años les unió. Ese símbolo que en toda familia sirve de nexo con las generaciones posteriores.

En el tilo del cortijo Girón.

De repente, la incertidumbre se convierte en algarabía, felicidad, orgullo y serenidad. Un imponente tilo, impertérrito al tiempo, es el motivo de tanto alborozo. Una mano nerviosa nos señala el camino. Aparece ante nosotros: majestuoso, robusto, esplendoroso. Es el lazo de unión que tanto anhelaba y al que se aferraba para no perderse entre los recuerdos.

Abrazado a su tronco quiere recuperar aquellos momentos felices entre olivos, cerales y ganado.

La foto de rigor se antoja necesaria. Posamos como los grandes exploradores ante lo que es nuestra enseña para que el futuro sea testigo de este momento.

El camino ha merecido la pena. Bienvenidos al pasado.

Cuatro horas de camino por autovía, bien merecen la pena para el reencuentro con los primeros pobladores de Europa. Esa es la ruta que hoy desde dosenelcamino.blog os recomendamos. Una visita al pasado por una comarca mágica con un patrimonio histórico y cultural de gran valor.

Iniciamos nuestro recorrido desde Huéscar, a poco más de 300 kilómetros desde València por la A-33.

Este municipio, de casi 8.000 habitantes, atesora importantes yacimientos arqueológicos que se remontan al Neolítico. Un pasado rico que sitúa en esta zona uno de los asentamientos más antiguos del continente europeo.

Es la ruta de los primeros pobladores de Europa, que recorre Castilléjar, Castril, Galera, Huéscar, Orce y Puebla de Don Fadrique, una iniciativa de cómo pueblos eminentemente agrícolas y ganaderos intentan recuperar momentos pasados más gloriosos de la mano de sus singulares y únicos recursos turísticos.

De este pasado más ilustre son ejemplo claro las casas señoriales de Huéscar que con sus escudos nobiliarios en las fachadas muestran al viajero que se pierde entre sus calles el poderío y señorío de la villa.

Su estratégica situación como cruce de caminos entre la meseta y el sureste de la península hizo de la zona un lugar de paso obligatorio para romanos, árabes y cristianos.

La aproximación al pueblo desde Galera, una vez se abandona la A-33, ofrece al visitante la posibilidad de disfrutar de una llanura con abundantes explotaciones agrarias y ganaderas, que culminan con la imponente sierra de La Sagra al fondo. Un macizo majestuoso que todo lo domina.

La carretera serpentea introduciéndose, poco a poco, por Huéscar. A mano derecha, en un cruce, se nos invita a dirigirnos a la plaza mientras cruzamos calles con el bullicio típico de su pequeño comercio, sus bares y restaurantes para terminar en la plaza, punto de encuentro diurno y nocturno. Un kiosko preside el centro de la misma, testigo, a buen seguro, de los últimos acontecimientos del municipio.

Muy próxima se encuentra la Colegiata de Santa María La Mayor, templo gótico renacentista de principios del siglo XVI. En la esquina con la plaza donde se encuentra el templo, el tiempo tiene una parada obligada en la joyería de Emilio Galera. Un pequeño establecimiento testigo del reencuentro de dos primos que los avatares de la vida separó y que ahora el destino volvió a unir. Entre recuerdos de la infancia casi olvidados, los ahora unidos por el fino hilo de la añoranza no paran de mirarse, de preguntarse, de tocarse… Y tras unos pocos minutos, la ventana al pasado vuelve a cerrarse hasta la próxima ocasión.

Es hora del buen yantar y en Huéscar son muchas las ofertas para el viajero hambriento. Dosenelcamino.blog se dirige hacia las Cuevas de Alkadima en un día caluroso que invita a buscar la sombra de la anhelada parra. Al bajar unas escaleras nos encontramos en un gran patio con vistas al pueblo. La carne a la brasa es la gran protagonista en un lugar que esconde su encanto bajo el suelo, en sus cuevas de infinitos recovecos en los que disfrutar de una buena sobremesa en la mejor compañía.

Cubiertas nuestras necesidades culinarias, nos dirigimos al manantial de Fuencaliente, a unos dos kilómetros, reconvertido en piscina con área recreativa y restaurante, es uno de las surgencias termales más importantes de la zona. La paz y el sosiego del momento nos ayudó a reposar y descansar de lo mucho vivido y disfrutado durante la mañana.

Complejo Cuevas la Atalaya, en Huéscar.

Para el merecido descanso, dosenelcamino.blog recomienda (por propia experiencia) Cuevas la Atalaya. Un sorprendente complejo donde el visitante puede disfrutar de una experiencia única.

Cuevas con encanto que invitan a sentarse en torno a una mesa en buena compañía y con la chimenea como testigo. Ambientadas con el exquisito gusto de su propietario, cuentan con todas las comodidades necesarias, y suponen, sin duda, una de las razones principales para volver a esta comarca de inusitada riqueza y belleza.

No lo duden, seguro que no les defrauda.

Imagen de la luna tomada desde un telescopio en Aras de los Olmos.

A menos de 90 minutos de València se encuentra uno de los mejores enclaves del mundo para los amantes de la astronomía: Aras de los Olmos. Visita obligada en la comarca de Los Serranos, este pequeño pueblo de apenas 400 habitantes ha sido testigo del paso de íberos, romanos y árabes por estas tierras agrestes, de fríos inviernos y veranos suaves, donde la nieve se deja ver bajo uno de los firmamentos más limpios de España, y donde sus gentes no entienden de contaminación lumínica.

Es precisamente la calidad de sus cielos la que ha convertido a Aras en un referente del llamado astroturismo. Profesionales y aficionados se dan cita en alguno de sus tres observatorios: dos amateur y el dedicado a la investigación y divulgación científica de la Universitat de València.

El viajero amante de nuevas experiencias tiene en esta localidad una visita obligada. Desde València, la CV-35 nos llevará hasta Losilla donde se tomará la CV-355 que nos guiará hasta nuestro destino atravesando un paisaje salpicado de olivos, almendros y vid. Un paisaje que poco a poco se torna seco y agreste a ojos del visitante ávido de aventuras que le alejen del bullicio de la gran ciudad.

Enclavado en una llanura, Aras recibe al visitante en su tradicional plaza, en la que Dosenelcamino pudo disfrutar de los festejos en honor de San Marcos.

La fortuna, a veces tan esquiva, quiso en este caso que nuestra visita coincidiera con esta festividad y nos permitiera disfrutar de la bonohomía de sus gentes en torno a un mantel, un generoso plato de puchero (del que dimos buena cuenta) y un vino de la tierra. Una sorpresa del destino que hizo de la visita un maravilloso encuentro con los lugareños y con su hospitalidad sincera en un ambiente familiar y distendido.

Celebración en la plaza de Aras de los Olmos.

El mejor preludio, sin duda, para lo que sería una cita inolvidable, y que, por un momento, nos trasladó a aquellas tierras de los primeros pobladores de la península, con sus costumbres, sus ceremonias funerarias, su estructura social…

En lo alto de un macizo, tras un zigzagueante recorrido entre la montaña, se encuentra lo que en su día fue un poblado íbero. Allí, los visitantes, si el calendario así lo permite, pueden disfrutar de una voluntariosa recreación de lo que fueron aquellos primeros pobladores de la mano de jóvenes entusiastas que nos acercan a la vida y costumbres de hace miles de años. Una experiencia recomendable de grato recuerdo.

El Museo Arqueológico Municipal es el gran garante de la riqueza histórica de Aras, con restos de la Edad de Piedra, Edad de Bronce, de los íberos, de los romanos, visigodos, árabes y medievales, a los que se suman las valiosas icnitas de la zona y de las que el imponente dinosaurio de cartón piedra que sorprende a los visitantes en uno de los aledaños del pueblo supone el mejor representante.

Dinosaurio en cartón piedra en Aras de los Olmos.

Pero la gran joya de Aras no está a ras del suelo, sino en el cielo. En su infinito y límpido cielo que hace de este municipio uno de los puntos más valiosos para los estudiosos de la astronomía.

Unas condiciones incomparables hacen de esta zona, libre de contaminación lumínica, uno de los 15 mejores lugares del planeta para ver las estrellas, y que logró en 2017 el reconocimiento de la Unesco al declararlo Reserva Starlight.

Nuestra visita coincidió con una de las excursiones organizadas por miembros de la asociación astronómica del municipio, lo que nos permitió gozar de un momento único y mágico al contemplar la luna como una bola blanca al alcance de nuestra mano. Todos los presentes quedamos bajo su hechizo durante la hora en la que fuimos conscientes de lo insignificante que somos ante la inmensidad del universo.

Vistas desde el macizo de Aras de los Olmos.

En Aras de los Olmos, el viajero tendrá una ocasión única de reencontrarse con nuestros antepasados y volar hacia las estrellas.

Aín, entre fuentes y montaña

Al abrigo de la Serra d’Espadà se esconde un rincón donde agua y tierra se funden en un paraje y en el que los alcornocales han sabido imponerse al paso del tiempo. Un lugar donde todo gira en torno a su plaza nueva y en el que las fuentes dan nombre a un topónimo que nos recuerda que estamos en tierras fronterizas entre árabes y cristianos.

Aín, un pequeño pueblo del interior de Castelló, con apenas un centenar de vecinos censados recibe a sus visitantes con el tradicional y pantagruélico “esmorzaret”. Las mejores viandas para ciclistas aguerridos que no temen las pendientes más pronunciadas y senderistas amantes de la naturaleza.

Ahín, un rincón en plena Serra d’Espadà.

Dosenelcamino se ha perdido entre sus empinadas y angostas calles, donde la vista y el oído se unen en un solo sentido que nos impulsa a escuchar atentamente el rumor de sus fuentes y observar el colorido de sus numerosas macetas que aquí y allá serpentean a la espera del visitante curioso.

Calle empedrada con numerosas macetas de los vecinos.

Nos acercamos a este bello rincón en plena canícula, con las chicharras a pleno pulmón, pero no es obstáculo. Para ello, hay que pertecharse de una buena mochila en la que no puede faltar la botella de agua y, por su puesto, una cámara (ahora cualquier móvil nos sirve, pero no es lo mismo) con la que inmortalizar los momentos únicos que, a buen seguro, nos dejará un paseo por Aín.

Castillo de Ahín.

Es recomendable la visita al castillo de origen árabe que desde una impresionante atalaya todo lo observa. No se encuentra en el mejor de los estados posibles, pero sí nos da una idea de la importancia de este enclave fronterizo entre los dos mundos (el árabe y el cristiano) que convivieron durante siglos en la península ibérica y del que hay numerosos vestigios en cada rincón de nuestro territorio.

El recorrido se antoja sencillo en sus primeros metros, pero es solo un espejismo de lo que, a continuación, nos tiene deparado. El senderista avezado puede pensar que no es empresa esta tan compleja como aquí se narra, pero sí que es cierto que los últimos metros se endurecen y más aún bajo una calor sin piedad que hace mella enseguida en el caminante poco experimentado. En cualquier caso, quién dijo que la aventura no cuesta… y aquí hemos de empezar a pagarlo.

Alguien muy sabio me advierte de que estamos entrando en un mundo donde las hadas y los trasgos son sus verdaderos y únicos señores, y el turista ocasional un invasor que debe adaptarse. Las mariposas nos reciben a cada paso que damos.

Los alcornocales nos señalan el camino a la cima. Estamos llegando. Poco a poco, el aire se hace más fresco. Por fin, se divisan las ruinas de una de las torres. Un poco más adelante se dibuja lo que antaño fue un imponente castillo. Ante nosotros, la montaña. La diosa que todo lo ve y a la que todos debemos pleitesísa. Nos sentimos privilegiados por estar bajo su manto.

El camino al castillo.

Pero además del castillo es muy recomendable visitar los numerosos molinos que circundan la villa. Algunos han sido reformados por particulares y nos muestran el esplendor de antaño de unas construcciones que durante siglos fueron los verdaderos motores de la economía de la zona.

Pero el viajero también debe descansar y nada mejor que hacer parada en la plaza del pueblo. Verdadera ágora donde se reúnen los vecinos y en la que el único bar del municipio sirve tanto de punto de encuentro como del anhelado refrigerio en pleno verano.

Dejamos Aín con la esperanza de regresar cuando las hojas se tornen del ocre carecterístico del otoño para recorrer alguno de sus senderos. Estamos deseando. Hasta la próxima parada.

Chelva: la ruta del agua

La comarca de los Serranos, en la provincia de València, esconde muchos tesoros por descubrir. Uno de ellos es Chelva, a 68 km de la capital, considerado como uno de los rincones más bellos de la Comunitat Valenciana. Sus calles, sus fuentes, sus manantiales y su sempiterno río hacen de esta villa, declarada conjunto histórico, una visita obligada para el visitante que busque un remanso de paz donde huir del mundanal ruido.

Dosenelcamino.blog ha hecho parada en este municipio donde el agua es omnipresente y la ruta del agua es su principal exponente.

Comienzo de la ruta:

Un recorrido de unos 14 kilómetros que parte de la plaza del Ayuntamiento para perderse entre sus calles angostas de los barrios judío, cristiano, árabe y múdejar. Una amalgama de culturas que tienen en Chelva un excelente baluarte de los pueblos que lo poblaron a lo largo de la historia.

Las calles estrechas con paredes encaladas dominan la villa de Chelva.

El casco histórico evoca otros tiempos en los que Chelva fue un destacado enclave medieval con iglesias y mezquitas.

Entrada al barrio judío.

La ruta del agua es un itinerario turístico que incluye un recorrido por el rico patrimonio arquitectónico de la villa y su deslumbrante entorno natural.

Comienza en la plaza Mayor, en el que se encuentra la casa consistorial, para adentrarse en el barrio árabe de Benacacira entre el rumor del agua y el blanco inmaculado de sus casas. Desde allí se desciende hasta el cauce del río para llegar al área recreativa del Molino. Punto desde el que el visitante inicia un agradable paseo entre olmos, chopos, cañar y romero… para alcanzar la playeta y un poco más allá el túnel de Olinches, antigua canalización del agua hacia la central eléctrica próxima al pueblo.

Túnel de la antigua canalización del agua hacia la central eléctrica.

Tras cruzar el túnel, la ruta discurre por un camino que desemboca en una área recreativa donde el visitante, a buen seguro, disfrutará del merecido descanso tras hacer frente a empinadas rampas flanqueadas por matas de romero y espliego. Esfuerzo que tiene su merecida recompensa en la belleza de los parajes que se descubren ante los ojos ávidos de sorpresa del visitante.

De regreso al pueblo, merece la pena degustar la gastronomía de la zona, que, a buen seguro, no defraudará al caminante y hará las delicias del amante del buen yantar.


A 60 kilómetros de València, en la comarca de los Serranos, se esconde uno de los parajes más bellos y agrestes de la Comunitat Valenciana. Una villa y su río, el Turia, que reciben al visitante con paredes verticales de roca caliza (el paraíso para los amantes de la escalada) y senderos por los que perderse y disfrutar de un entorno difícil de imaginar a tan solo una hora de camino desde la ciudad por la CV-35 en dirección Ademuz.

Son varias las posibilidades para acercarse a la Chulilla más auténtica. Dosenelcamino.blog ha escogido la conocida ruta de los Calderones. Un paraje natural de gran belleza, que discurre por las hoces del Turia. Un camino de dificultad media en el que, lamentablemente, se echan en falta paneles informativos que tanto agradecen los senderistas. Salvo un par de ellos al comienzo de la ruta, el resto de postes carecen de cualquier tipo de cartel sobre el recorrido.

Puente colgante sobre el río Turia.
Puente colgante a 15 metros de altura sobre el Turia.

No obstante, el visitante disfrutará del cañón del Turia y una exuberante vegetación. Dos puentes colgantes, la gran atracción de la ruta, cruzan el cañón del río brindando algunas de las mejores y más impresionantes imágenes del camino.

Esta ruta era la que, según uno de los poco paneles informativos, utilizaban los trabajadores que partían desde Chulilla hasta la presa de Loriguilla durante su construcción.

Tras dos horas de camino, aproximadamente, se llega hasta el embalse, punto final de nuestra primera ruta por Chulilla a la que, a buen seguro, sumaremos más.

Todo buen caminante necesita pararse, descansar y reanudar su travesía. Y para ello nada mejor que disfrutar de alguno de los muchos spa que diseminados por toda la geografía son auténticos oasis en los que olvidarte de todo.

Dosenelcamino.blog tuvo el placer de visitar el establecimiento del Hotel Diamante de Calp. Todo  un sueño para los sentidos hecho realidad.

Amabilidad y profesionalidad son los dos puntos clave de este servicio en el que la exclusividad es una de sus cartas de presentación más reclamadas.

Una verdadera ventana desde la que asomarte a una nueva experiencia alejada del estrés y de las prisas, demasiado abundantes en esta sociedad nuestra donde es más importante el destino que el camino.

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