Imagen de la luna tomada desde un telescopio en Aras de los Olmos.

A menos de 90 minutos de València se encuentra uno de los mejores enclaves del mundo para los amantes de la astronomía: Aras de los Olmos. Visita obligada en la comarca de Los Serranos, este pequeño pueblo de apenas 400 habitantes ha sido testigo del paso de íberos, romanos y árabes por estas tierras agrestes, de fríos inviernos y veranos suaves, donde la nieve se deja ver bajo uno de los firmamentos más limpios de España, y donde sus gentes no entienden de contaminación lumínica.

Es precisamente la calidad de sus cielos la que ha convertido a Aras en un referente del llamado astroturismo. Profesionales y aficionados se dan cita en alguno de sus tres observatorios: dos amateur y el dedicado a la investigación y divulgación científica de la Universitat de València.

El viajero amante de nuevas experiencias tiene en esta localidad una visita obligada. Desde València, la CV-35 nos llevará hasta Losilla donde se tomará la CV-355 que nos guiará hasta nuestro destino atravesando un paisaje salpicado de olivos, almendros y vid. Un paisaje que poco a poco se torna seco y agreste a ojos del visitante ávido de aventuras que le alejen del bullicio de la gran ciudad.

Enclavado en una llanura, Aras recibe al visitante en su tradicional plaza, en la que Dosenelcamino pudo disfrutar de los festejos en honor de San Marcos.

La fortuna, a veces tan esquiva, quiso en este caso que nuestra visita coincidiera con esta festividad y nos permitiera disfrutar de la bonohomía de sus gentes en torno a un mantel, un generoso plato de puchero (del que dimos buena cuenta) y un vino de la tierra. Una sorpresa del destino que hizo de la visita un maravilloso encuentro con los lugareños y con su hospitalidad sincera en un ambiente familiar y distendido.

Celebración en la plaza de Aras de los Olmos.

El mejor preludio, sin duda, para lo que sería una cita inolvidable, y que, por un momento, nos trasladó a aquellas tierras de los primeros pobladores de la península, con sus costumbres, sus ceremonias funerarias, su estructura social…

En lo alto de un macizo, tras un zigzagueante recorrido entre la montaña, se encuentra lo que en su día fue un poblado íbero. Allí, los visitantes, si el calendario así lo permite, pueden disfrutar de una voluntariosa recreación de lo que fueron aquellos primeros pobladores de la mano de jóvenes entusiastas que nos acercan a la vida y costumbres de hace miles de años. Una experiencia recomendable de grato recuerdo.

El Museo Arqueológico Municipal es el gran garante de la riqueza histórica de Aras, con restos de la Edad de Piedra, Edad de Bronce, de los íberos, de los romanos, visigodos, árabes y medievales, a los que se suman las valiosas icnitas de la zona y de las que el imponente dinosaurio de cartón piedra que sorprende a los visitantes en uno de los aledaños del pueblo supone el mejor representante.

Dinosaurio en cartón piedra en Aras de los Olmos.

Pero la gran joya de Aras no está a ras del suelo, sino en el cielo. En su infinito y límpido cielo que hace de este municipio uno de los puntos más valiosos para los estudiosos de la astronomía.

Unas condiciones incomparables hacen de esta zona, libre de contaminación lumínica, uno de los 15 mejores lugares del planeta para ver las estrellas, y que logró en 2017 el reconocimiento de la Unesco al declararlo Reserva Starlight.

Nuestra visita coincidió con una de las excursiones organizadas por miembros de la asociación astronómica del municipio, lo que nos permitió gozar de un momento único y mágico al contemplar la luna como una bola blanca al alcance de nuestra mano. Todos los presentes quedamos bajo su hechizo durante la hora en la que fuimos conscientes de lo insignificante que somos ante la inmensidad del universo.

Vistas desde el macizo de Aras de los Olmos.

En Aras de los Olmos, el viajero tendrá una ocasión única de reencontrarse con nuestros antepasados y volar hacia las estrellas.

Aín, entre fuentes y montaña

Al abrigo de la Serra d’Espadà se esconde un rincón donde agua y tierra se funden en un paraje y en el que los alcornocales han sabido imponerse al paso del tiempo. Un lugar donde todo gira en torno a su plaza nueva y en el que las fuentes dan nombre a un topónimo que nos recuerda que estamos en tierras fronterizas entre árabes y cristianos.

Aín, un pequeño pueblo del interior de Castelló, con apenas un centenar de vecinos censados recibe a sus visitantes con el tradicional y pantagruélico “esmorzaret”. Las mejores viandas para ciclistas aguerridos que no temen las pendientes más pronunciadas y senderistas amantes de la naturaleza.

Ahín, un rincón en plena Serra d’Espadà.

Dosenelcamino se ha perdido entre sus empinadas y angostas calles, donde la vista y el oído se unen en un solo sentido que nos impulsa a escuchar atentamente el rumor de sus fuentes y observar el colorido de sus numerosas macetas que aquí y allá serpentean a la espera del visitante curioso.

Calle empedrada con numerosas macetas de los vecinos.

Nos acercamos a este bello rincón en plena canícula, con las chicharras a pleno pulmón, pero no es obstáculo. Para ello, hay que pertecharse de una buena mochila en la que no puede faltar la botella de agua y, por su puesto, una cámara (ahora cualquier móvil nos sirve, pero no es lo mismo) con la que inmortalizar los momentos únicos que, a buen seguro, nos dejará un paseo por Aín.

Castillo de Ahín.

Es recomendable la visita al castillo de origen árabe que desde una impresionante atalaya todo lo observa. No se encuentra en el mejor de los estados posibles, pero sí nos da una idea de la importancia de este enclave fronterizo entre los dos mundos (el árabe y el cristiano) que convivieron durante siglos en la península ibérica y del que hay numerosos vestigios en cada rincón de nuestro territorio.

El recorrido se antoja sencillo en sus primeros metros, pero es solo un espejismo de lo que, a continuación, nos tiene deparado. El senderista avezado puede pensar que no es empresa esta tan compleja como aquí se narra, pero sí que es cierto que los últimos metros se endurecen y más aún bajo una calor sin piedad que hace mella enseguida en el caminante poco experimentado. En cualquier caso, quién dijo que la aventura no cuesta… y aquí hemos de empezar a pagarlo.

Alguien muy sabio me advierte de que estamos entrando en un mundo donde las hadas y los trasgos son sus verdaderos y únicos señores, y el turista ocasional un invasor que debe adaptarse. Las mariposas nos reciben a cada paso que damos.

Los alcornocales nos señalan el camino a la cima. Estamos llegando. Poco a poco, el aire se hace más fresco. Por fin, se divisan las ruinas de una de las torres. Un poco más adelante se dibuja lo que antaño fue un imponente castillo. Ante nosotros, la montaña. La diosa que todo lo ve y a la que todos debemos pleitesísa. Nos sentimos privilegiados por estar bajo su manto.

El camino al castillo.

Pero además del castillo es muy recomendable visitar los numerosos molinos que circundan la villa. Algunos han sido reformados por particulares y nos muestran el esplendor de antaño de unas construcciones que durante siglos fueron los verdaderos motores de la economía de la zona.

Pero el viajero también debe descansar y nada mejor que hacer parada en la plaza del pueblo. Verdadera ágora donde se reúnen los vecinos y en la que el único bar del municipio sirve tanto de punto de encuentro como del anhelado refrigerio en pleno verano.

Dejamos Aín con la esperanza de regresar cuando las hojas se tornen del ocre carecterístico del otoño para recorrer alguno de sus senderos. Estamos deseando. Hasta la próxima parada.

Chelva: la ruta del agua

La comarca de los Serranos, en la provincia de València, esconde muchos tesoros por descubrir. Uno de ellos es Chelva, a 68 km de la capital, considerado como uno de los rincones más bellos de la Comunitat Valenciana. Sus calles, sus fuentes, sus manantiales y su sempiterno río hacen de esta villa, declarada conjunto histórico, una visita obligada para el visitante que busque un remanso de paz donde huir del mundanal ruido.

Dosenelcamino.blog ha hecho parada en este municipio donde el agua es omnipresente y la ruta del agua es su principal exponente.

Comienzo de la ruta:

Un recorrido de unos 14 kilómetros que parte de la plaza del Ayuntamiento para perderse entre sus calles angostas de los barrios judío, cristiano, árabe y múdejar. Una amalgama de culturas que tienen en Chelva un excelente baluarte de los pueblos que lo poblaron a lo largo de la historia.

Las calles estrechas con paredes encaladas dominan la villa de Chelva.

El casco histórico evoca otros tiempos en los que Chelva fue un destacado enclave medieval con iglesias y mezquitas.

Entrada al barrio judío.

La ruta del agua es un itinerario turístico que incluye un recorrido por el rico patrimonio arquitectónico de la villa y su deslumbrante entorno natural.

Comienza en la plaza Mayor, en el que se encuentra la casa consistorial, para adentrarse en el barrio árabe de Benacacira entre el rumor del agua y el blanco inmaculado de sus casas. Desde allí se desciende hasta el cauce del río para llegar al área recreativa del Molino. Punto desde el que el visitante inicia un agradable paseo entre olmos, chopos, cañar y romero… para alcanzar la playeta y un poco más allá el túnel de Olinches, antigua canalización del agua hacia la central eléctrica próxima al pueblo.

Túnel de la antigua canalización del agua hacia la central eléctrica.

Tras cruzar el túnel, la ruta discurre por un camino que desemboca en una área recreativa donde el visitante, a buen seguro, disfrutará del merecido descanso tras hacer frente a empinadas rampas flanqueadas por matas de romero y espliego. Esfuerzo que tiene su merecida recompensa en la belleza de los parajes que se descubren ante los ojos ávidos de sorpresa del visitante.

De regreso al pueblo, merece la pena degustar la gastronomía de la zona, que, a buen seguro, no defraudará al caminante y hará las delicias del amante del buen yantar.


A 60 kilómetros de València, en la comarca de los Serranos, se esconde uno de los parajes más bellos y agrestes de la Comunitat Valenciana. Una villa y su río, el Turia, que reciben al visitante con paredes verticales de roca caliza (el paraíso para los amantes de la escalada) y senderos por los que perderse y disfrutar de un entorno difícil de imaginar a tan solo una hora de camino desde la ciudad por la CV-35 en dirección Ademuz.

Son varias las posibilidades para acercarse a la Chulilla más auténtica. Dosenelcamino.blog ha escogido la conocida ruta de los Calderones. Un paraje natural de gran belleza, que discurre por las hoces del Turia. Un camino de dificultad media en el que, lamentablemente, se echan en falta paneles informativos que tanto agradecen los senderistas. Salvo un par de ellos al comienzo de la ruta, el resto de postes carecen de cualquier tipo de cartel sobre el recorrido.

Puente colgante sobre el río Turia.
Puente colgante a 15 metros de altura sobre el Turia.

No obstante, el visitante disfrutará del cañón del Turia y una exuberante vegetación. Dos puentes colgantes, la gran atracción de la ruta, cruzan el cañón del río brindando algunas de las mejores y más impresionantes imágenes del camino.

Esta ruta era la que, según uno de los poco paneles informativos, utilizaban los trabajadores que partían desde Chulilla hasta la presa de Loriguilla durante su construcción.

Tras dos horas de camino, aproximadamente, se llega hasta el embalse, punto final de nuestra primera ruta por Chulilla a la que, a buen seguro, sumaremos más.

Todo buen caminante necesita pararse, descansar y reanudar su travesía. Y para ello nada mejor que disfrutar de alguno de los muchos spa que diseminados por toda la geografía son auténticos oasis en los que olvidarte de todo.

Dosenelcamino.blog tuvo el placer de visitar el establecimiento del Hotel Diamante de Calp. Todo  un sueño para los sentidos hecho realidad.

Amabilidad y profesionalidad son los dos puntos clave de este servicio en el que la exclusividad es una de sus cartas de presentación más reclamadas.

Una verdadera ventana desde la que asomarte a una nueva experiencia alejada del estrés y de las prisas, demasiado abundantes en esta sociedad nuestra donde es más importante el destino que el camino.

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