La riqueza marina de las aguas de Tabarca.

Son muchos los motivos para visitar la costa alicantina, pero de entre todos ellos destaca uno: la isla de Tabarca, la única habitada de la Comunitat Valenciana. Uno de los enclaves más bellos y sorprendentes del litoral. En realidad es un archipiélago formado por la isla Plana (o Tabarca), La Cantera, La Galera y La Nao.

De apenas dos kilómetros de largo y 400 metros de ancho, su proximidad a la costa convierten este singular espacio en una visita obligada para los amantes del mar.

Dosenelcamino.blog recorrió sus calles angostas y sus calas de aguas trasparentes en una visita inolvidable que, a buen seguro, repetiremos.

Son muchas las “tabarqueras” que comunican la isla con Santa Pola y Alicante

Son muchas las conocidas “tabarqueras” que trasladan a diario a los turistas desde Santa Pola y Alicante. En nuestro caso, iniciamos nuestra pequeña travesía de media hora desde el puerto santapolero.

La sensación de iniciar un viaje diferente nos embarga. La salida desde la bocana nos ofrece una vista impresionante del litoral. La primera línea de apartamentos y establecimientos hoteleros se extiende por la costa hasta el faro mientras la torre vigía nos observa como antaño, vigilante ante la llegada del posible enemigo, a menudo escondido en la propia isla de Tabarca.

Las olas chocan implacables contra el casco del catamarán, que avanza hacia nuestro destino en un mar de color turquesa. En pocos minutos nos acercamos a la isla que emerge como una pequeña formación rocosa amurallada, vestigio evidente de su pasado como refugio de piratas berberiscos y antes de fenicios y romanos.

Tabarca es la primera reserva marina de España desde 1986

El pequeño puerto bulle de visitantes que desembarcan ávidos de la mejor hamaca en primera línea mientras se ven las primeras caras de asombro ante un fondo plagado de peces, muestra de la riqueza de estas aguas cristalinas.

No en vano, Tabarca es la primera reserva marina de todo el país desde 1986 y Zona de Especial Protección para las Aves, además de conjunto histórico artístico desde 1964.

Una pequeño paseo nos traslada a la playa principal, de unos 200 metros, punto de encuentro de la mayoría de los visitantes, aunque son muchos los rincones por explorar. Los guijarros no invitan a tumbarse en la tradicional toalla, si bien el servicio de hamacas es económico y, dependiendo de la disponibilidad, puede ser una buena opción para las familias que deciden pasar el día en este singular archipiélago.

Las praderas de posidonia son uno de los grandes atractivos de los fondos marinos de la isla

No obstante, merece la pena perderse entre sus calas y disfrutar de la verdadera joya que se esconde en el fondo de sus aguas: la posidonia. En las 1.400 hectáreas de reserva marina se encuentra una de las principales praderas de esta planta acuática, endémica del Mediterráneo, y auténtico pulmón en peligro.

Es por ello que resultan imprescindibles unas gafas de buceo para disfrutar con la sensación de paz y tranquilidad que podemos experimentar bajo las aguas cristalinas de la isla.

Panorámica de la playa principal de la isla, con su marca de hamacas y sombrillas.

Meros, salmonetes, doradas y pargos son algunos de los peces que se pueden observar y, con suerte, alguna que otra tortuga boba y langosta e incluso caballitos de mar, además de pulpos, crustáceos, moluscos, erizos de mar y morenas.

Una vida marina de gran riqueza que nos invita a compartir este entorno increíble en el que el ser humano se siente insignificante. Dejarse llevar por las olas y mecerse a su antojo convierten el baño en estas aguas en un auténtico lujo.

Pero Tabarca también ofrece una visita más cultural entre las calles del pequeño pueblo, de apenas un centenar de residentes.

Tres puertas de acceso aún se mantienen en pie, recordándonos su pasado defensivo ante los ataques piratas que a menudo asolaban la costa alicantina. La de Levante, la más próxima al puerto, nos adentra en el núcleo urbano donde el visitante puede disfrutar de las tiendas de artesanía, restaurantes y hostales.

Más hacia el oeste se encuentra la puerta de San Gabriel, que da paso a una zona rocosa con calas de gran belleza donde huir del bullicio. Existe una tercera puerta, la de san Miguel, que daba acceso al antiguo puerto. La isla también cuenta con iglesia, la de San Pedro y San Pablo, y un hotel en lo que antaño era la Casa del Gobernador. Además de un museo en lo que fue el almacén de la almadraba.

Caldero en el restaurante La Gloria.

La isla también es punto de encuentro gastronómico donde el tradicional caldero es la principal estrella. Son varios los restaurantes que ofrecen menús a buen precio y en el que destacan, además del ya citado caldero, los arroces, los pulpos y los calamares a la plancha. Dosenelcamino.blog recomienda La Gloria. Un local familiar en el que calidad y precio se dan la mano, acompañado de un trato afable que tanto agradecemos los visitantes.

La jornada llega a su fin, los turistas van poco a poco dejando la isla, y la paz vuelve a sus playas. Tabarca recupera su espíritu y a nosotros nos embarga la tristeza. Es hora de marchar, pero con la esperanza de volver y reencontrarnos entre sus aguas.

Si quieres una de las excursiones en uno de los catamaranes que une Santa Pola con Tabarca, aquí podrás hacer la reserva:https://www.civitatis.com/es/santa-pola/excursion-tabarca-barco/?aid=12339/

En una anterior entrada, dosenelcamino.blog visitó Carboneras, un pequeño pueblo en el límite del parque natural Cabo de Gata-Níjar. En esta ocasión, hablaremos de Las Negras. Otro municipio de apenas 300 habitantes, casi todos extranjeros, que se ha convertido en uno de los enclaves más visitados. Lugar para perderse y escuchar el mar, sin prisas y en paz.

Las Negras es un lugar para perderse y escuchar el mar, sin prisas y en paz

Uno de esos sitios donde el alma y el cuerpo se reencuentran, donde el tiempo parece detenerse y en el que reina un ambiente bohemio al que acuden cada año cientos de turistas que huyen del mundanal ruido para refugiarse entre sus calles y playas.

Desde Elche, por la A-7, se encuentra a unos 250 kilómetros. Una distancia que bien merece la pena recorrer. Según nos acercamos al parque natural, el paisaje se hace más agreste y seco, salpicado por un mar de plástico en el que se esconden enormes invernaderos.

Las indicaciones desde la autovía del Mediterráneo no tienen pérdida. Las salidas Níjar/Lucainena o Campohermoso/Las Negras nos llevan hasta Campohermoso, y desde allí se toma una carretera sinuosa hacia Las Negras, que queda a unos 16 km.

Es un ejemplo de cómo tradición y modernidad han sabido darse la mano para convivir de manera ejemplar

Un núcleo urbano de paredes blancas nos recibe, apenas unas decenas de casas bajas, que, afortunadamente, sobreviven al avance imparable del turismo. Un ejemplo de cómo tradición y modernidad han sabido darse la mano para convivir de manera ejemplar.

Las barcas de pescadores aún permanecen varadas en la orilla de una playa que bulle de visitantes ávidos de sus aguas trasparentes y sus paisajes volcánicos.

No en vano, Las Negras recibe este nombre del monte próximo conocido como el El Cerro Negro, una gran masa de material volcánico, que por efecto de la erosión ha esparcido sobre el litoral pequeñas piedras que cubren la costa de este color tan peculiar.

Pasear entre sus calles y, sobre todo, disfrutar de un anochecer junto a la playa es uno de sus muchos encantos. La música de los bares próximos y el batir de las olas forman el escenario perfecto para desconectar de todo y de todos.

Pero Las Negras no son solo sus playas. También definen este paraje las asombrosas formaciones rocosas que lo rodean. Enormes gigantes que terminan de forma abrupta en el mar, en un paisaje natural de enorme riqueza.

Sus aguas cristalinas hacen del lugar un paraíso para los amantes del esnórquel que buscan sus ricos fondos marinos alejados de miradas curiosas.

Además de la propia playa de Las Negras, es recomendable acercarse a la cala San Pedro, de arena fina y blanca, muy diferente de la primera, y en la que habita desde hace años una pequeña comunidad hippie. Se puede llegar andando (alrededor de una hora) o en barca desde el pueblo.

Otra cala de visita obligada es la del Cuervo. Se encuentra a menos de 10 minutos caminando desde Las Negras en dirección al Camping La Caleta. Mucho más tranquila que las otras dos, ofrece una pared vertical donde se dan cita grupos de buceadores.

Próximas al pueblo se encuentran la famosa playa de Los Muertos, en el término municipal de Carboneras; la de Aguamarga, y las calas de Enmedio y del Plomo. Son solo una pequeña parte de las maravillas que atesora el parque natural Cabo de Gata-Níjar.

La Bodeguiya, en la playa de Las Negras.

El visitante podrá disfrutar de una variada oferta restauradora, pero destacan, sobre todo, los locales pegados a la playa como la Bodeguiya, el lugar perfecto para tomar una cerveza gélida y dejar que la vida fluya, sin preocupaciones, con el “carpe diem” como bandera y donde sentir una verdadera comunión con la naturaleza.

El chiringuito Café del Cabo es otro establecimiento que invita a desconectar con unas vistas preciosas desde el paseo marítimo de la localidad.

En general, la mayoría de los locales ofrecen refrescantes terrazas bañadas por la brisa marina donde degustar cocina mediterránea, arroces y el pescado fresco de la zona.

La oferta hotelera, afortunadamente, está restringida para evitar masificaciones que, a buen seguro, acabarían con este paraíso. No obstante, hay hoteles, hostales, apartamentos y campings para todos los bolsillos. Además de los tradicionales cortijos en los que el turista podrá disfrutar de un entorno tan peculiar.

Los amantes del senderismo tienen también en Las Negras y sus alrededores excelentes rutas de diferente dificultad aunque las mejores, seguro, están por descubrir.

En Las Negras todavía es posible encontrar la paz y el sosiego tan necesarios en momentos convulsos

En definitiva, Las Negras es visita obligada para todos aquellos que sepan apreciar la grandeza de un parque natural como el de Cabo Gata-Níjar, casi virgen, en el que todavía es posible perderse con la mochila al hombro y encontrar la paz y el sosiego tan necesarios en momentos convulsos como los actuales. Un paraíso, cuya supervivencia depende de todos nosotros y del que todos somos responsables.

Un verdadero viaje de cuento en un lugar encantador. Una ruta muy recomendable.

Los viajes de Snaky

DÍA 5. Jueves 12 de diciembre de 2019.ESTRASBURGO (ALSACIA-FRANCIA) – OBERNAI – CASTILLO DE HAUT-KOENIGSBOURG – SÉLESTAT – RIBEAUVILLÉ (ALSACIA-FRANCIA). Afortunadamente la jornada en Estrasburgo amaneció totalmente diferente a la anterior. Cierto que era una mañana fría, pero por lo menos ya no llovía como lo había hecho toda la jornada precedente. Aunque algún resto de tímida nubosidad se resistía a abandonar el celeste cielo, todo apuntaba a que iba a ser un día soleado.

Preparamos unos cafés y desayunamos los Manneles que habíamos comprado por la tarde en Estrasburgo. Perdimos un poco la noción del tiempo jugando en la zona infantil de la instalación.

Con cierta precipitación, todo sea dicho, dejamos atrás el Camping Strasbourg donde habíamos pasado casi 24 horas. Por delante teníamos una agenda un poco comprimida repleta de lugares por descubrir dignos de ilustrar cuentos.

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Muy interesante eso de dormir en una casa flotante. Una cosa más para probar.

La playa

En estos tiempos que corren son, más que nunca, necesarios actos de responsabilidad que nos acerquen a los demás.

La llave de las palabras

playa

Ayer estrené el verano. Es decir, estrené la playa. Un poco tarde, en pleno julio. Tengo la extraña sensación de que el verano ya acabó. En realidad, los días ya no son tan largos como en junio o mayo y, poco a poco, irán a menos. Y yo estoy que no sé en qué estación del año vivo. La primavera nos la robaron, pasó desapercibida en medio del virus. Y el verano comenzó de una forma inusual.

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Nuestra escapada favorita

Una entrada muy interesante y práctica.

Como buenos amantes de viajar que somos, cada vez que tenemos la posibilidad, aunque sea mínimo un fin de semana, la aprovechamos. Argentina es un país muy grande, por lo tanto, planear a veces una escapada a lugares nuevos puede complicarse. Sin embargo, nosotros tenemos ese lugarcito lejos pero no tanto, y que es todo lo opuesto a nuestra casa… ese lugar es Villa Ventana.

Villa Ventana, ubicado a unos 550 km de nuestra casa, nos regala todo lo que nos gusta en nuestras escapadas: cerros, naturaleza, trekkings y, sobre todo, tranquilidad.

¿Por qué no preferimos a su vecina Sierra de la Ventana? Porque Sierra de la Ventana es muchísima más conocida y visitada, esto implica, una ciudad relativamente grande, mucha cantidad de gente y precios más altos.

Por el contrario, Villa Ventana es un pueblo con calles sin asfaltar, rodeada de pinos y cabañas, lo que le da un…

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Playa de los Muertos, en Carboneras.

Hay pocos lugares en España que puedan presumir de estar libres de la masificación turística. Y uno de ellos es el parque natural Cabo de Gata-Níjar. Dosenelcamino.blog se confiesa enamorado de este paraje único.

En esta entrada, queremos contar nuestra experiencia en Carboneras, un pequeño pueblo excluido del área protegida, aunque el 80 % de su término municipal forma parte del parque natural, con playas espectaculares como la de Los Muertosel Algarrobico o calas como la de Galera o las Salinicas.

Visitar el Cabo de Gata es viajar a otro mundo. Muy diferente de todo lo que nos rodea en el que la naturaleza (casi) virgen es la gran dueña y señora. Aquí el ser humano es consciente de su insignificante existencia frente a colosales acantilados, playas infinitas y calas de imposibles accesos.

El parque natural de Cabo de Gata-Níjar tiene 38.000 hectáreas terrestres y una franja marina de una milla

Un nuevo mundo por descubrir que, a buen seguro, impresionará al visitante. Su enorme extensión, 38.000 hectáreas terrestres y una franja marina de una milla, con 12.000 hectáreas, permiten todo tipo de excursiones en parajes semidesérticos de gran belleza.

Un entorno que, por fortuna, ha permanecido a salvo de la degradación medioambiental en lo que supone un ejemplar modo de convivencia entre respeto a la naturaleza y la explotación de los recursos turísticos.

Nuestro paso por Carboneras nos dejó un recuerdo inolvidable. Esta pequeña villa de casas blancas vive del turismo y de la industria. En su término se ubican una cementera, una central térmica y la desaladora más grande de Europa. Una actividad que contrasta con sus playas urbanas y, por supuesto, la de los Muertos, una de las grandes joyas del parque natural.

Iniciamos el viaje desde Elx por la AP7 y la A7 en un recorrido de unos 240 kilómetros, algo menos de tres horas. Una distancia pequeña para la sorpresa que el destino nos deparaba.

El hospedaje en el Hostal San Antonio fue otro de los gratos descubrimientos de este viaje. Un pequeño establecimiento familiar en el que te sientes como en casa. La amabilidad y simpatía que en todo momento ofrecen sus dueños fueron el mejor preludio de nuestra estancia en la zona.

Habitación del Hostal San Antonio, con el mar al fondo.

Una vez instalados, las ganas de pisar la arena de la playa pudieron más que el cansancio. A tiro de piedra del hostal, el paseo marítimo es el punto de encuentro de turistas y visitantes locales que tienen en este remanso de paz el mejor lugar donde disfrutar de la brisa marina.

Las playas del municipio invitan al chapuzón y a la práctica del esnórquel. En sus fondos, la presencia de la admirada posidonia nos garantiza la calidad de sus aguas. Un paraíso para los amantes del buceo, que tienen en el islote próximo, conocido como San Andrés, un lugar único para la práctica de esta actividad deportiva.

Nuestra primera jornada en Carboneras llegaba a su fin, pero antes recorrimos sus calles, la torre vigía de Mesa Roldán, el castillo de San Andrés, el puerto pesquero con su lonja, y la Torre del Rayo.

Pese a su auge turístico, este pequeño municipio mantiene su tradición pesquera y eso se nota en su oferta gastronómica. Los restaurantes y chiringuitos ofrecen pescado fresco de la lonja, que, a buen seguro, harán las delicias de los más exigentes.

Finalizábamos nuestro primer día en Carboneras con ilusión y ganas por seguir descubriendo sus rincones y, sobre todo, sus playas. En especial, la archiconocida de Los Muertos.

La canícula hacía de las suyas cuando comenzábamos la jornada. A unos 15 minutos en coche del casco urbano por la AL-5106 se encuentra el desvío que nos condujo por un camino de tierra hasta un aparcamiento. Desde allí continúa el recorrido andando por una senda hasta la playa.

Como si de feligreses se tratara, una decena de bañistas iniciaba su particular peregrinación bien pertrechados con sillas, hamacas, sombrillas, neveras y demás enseres.

Camino hacia la playa de los Muertos, en Carboneras.

En fila de a uno, iniciamos el descenso en un paraje seco y polvoriento que nos acercaba a acantilados volcánicos de espectacular belleza. Estamos en uno de los doce geoparques reconocidos por la Unesco en España. Un enclave único, duro, inhóspito, sin apenas vegetación y con escasa presencia humana, salvo los turistas que cada año lo visitan.

La playa de los Muertos es el paradigma de cómo la naturaleza se impone al hombre con toda su majestuosidad y grandeza

La playa de los Muertos es el paradigma de cómo la naturaleza se impone al hombre con toda su majestuosidad y grandeza. Restos volcánicos y fondos marinos son el escenario de este arenal de aguas turquesas que ofrece al visitante una imagen paradisiaca y virgen. Precisamente su acceso complicado la ha mantenido a salvo de espurios intereses económicos.

Tras una media hora de caminata y descenso continuo, emerge una imagen idílica, de un mar cristalino y una playa sinfín, en el que el náufrago que todos llevamos dentro se siente como en casa.

Figuras caprichosas, fruto de la erosión del viento, sorprenden al visitante por su volumen y altura. Gigantes que nos dan la bienvenida y que nos recuerdan el pasado volcánico de la playa de los Muertos, conocida de esta manera por los almerienses que situaban en esta costa la llegada de los cadáveres de funestos naufragios arrastrados por las corrientes marinas.

Pero nada más lejos de realidad. La actual playa de los Muertos ofrece al visitante un arenal de gravilla fina de más de un kilómetro de longitud donde los practicantes del esnórquel tienen su paraíso particular. De acceso fácil, hay que tener cuidado, no obstante, con el gran desnivel nada más entrar al agua.

Playa de Carboneras con sus conocidas aguas turquesas.

Zambullirse en este lugar te hace sentir insignificante ante la inmensidad de sus fondos trasparentes llenos de vida. Somos un grano en medio de este impresionante paraje que nos deja sin habla. Solo cabe admirar su grandeza y dejarse llevar.

Un arenal de gravilla fina de más de un kilómetro de longitud

Una playa idónea para el bañista que busca tranquilidad y paz, y huye de la masificación de gran parte del litoral mediterráneo. Un rincón de la costa almeriense donde perderse y disfrutar del contacto con la naturaleza.

Con el atardecer se renueva la magia de la playa de los Muertos y con ella la sensación de paz. Es hora de regresar. Eso sí, con la memoria llena de imágenes inolvidables y la promesa de volver.

Atardecer en Carboneras.

Altea, la villa blanca

Una de las callejuelas empedradas de Altea.

Considerado como uno de los diez pueblos más bonitos de España, Altea es, sin duda, uno de los paradigmas del turismo alicantino. Perderse ente sus calles empedradas es una de las mejores recomendaciones para el viajero ávido de paz y tranquilidad. Para dosenelcamino.blog, es un lugar muy especial del que guarda recuerdos imborrables.

Altea es un pequeño pueblo de 24.000 habitantes de la Maria Alta, que a la faldas de la sierra de Bernia se erige en un mirador privilegiado de toda la Costa Blanca, con el Peñón de Ifac y Benidorm en el horizonte.

Situado a 55 kilómetros de Alicante y a 90 de València, es visita obligada para el turista que disfruta de playas cristalinas, pero que también sabe recrearse con rincones inolvidables.

Hablar de Altea, es hablar de sus empinadas calles, de sus casas encaladas y de sus balcones multicolores

Hablar de Altea, es hablar de su casco antiguo. De sus empinadas calles, de sus casas encaladas y de sus balcones multicolores. De un laberinto que tiene en la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo el epicentro del que surgen como ramas del gran tronco callejuelas en dirección al puerto.

Dosenelcamino.blog inicia su recorrido del que nos separa apenas 90 minutos desde València. Desde que se liberalizó la AP7, visitar los municipios de la Marina Alta como Altea es mucho más rápido y, sobre todo, más barato. Pero si el viajero disfruta de sinuosas carreteras al borde del mar, merece la pena dirigirse por la nacional que bordea la costa. A cada paso, las imágenes que salen a nuestro encuentro nos dibujan playas y pequeñas calas de aguas trasparentes.

Calle de Altea.

Iniciamos nuestro recorrido por la villa blanca de la Marina Baja en un ascenso continuo por calles estrechas que nos dirigen a un aparcamiento público, próximo a la entrada del casco antiguo.

La calle Alcoi nos da la bienvenida con el empedrado tan característico de estos pueblos costeros. Viviendas de doble altura de un blanco inmaculado compiten con pequeños comercios de ropa y artesanía que reciben al turista con los brazos abiertos.

Nuestra primera parada es en el Hostal Fornet, del que guardamos un grato recuerdo. Un buen servicio a precio asequible, en una situación inmejorable, son sus mejores cartas de presentación.

Solventados los trámites del alojamiento y abiertos a nuevas experiencias, iniciamos nuestro camino. Nos sorprende la sensación de paz y tranquilidad que aquí encontramos. Nos sentimos a gusto y disfrutamos de cada momento.

Tienda de bisutería de Altea.

Cámara en mano, inmortalizamos cada uno de los rincones que aquí y allá nos salen al paso. Macetas multicolor compiten con tiendas de artesanía de todo tipo (bisutería, velas, ropa) que hacen las delicias del curioso empedernido. Pese al bullicio de los turistas, el ambiente relajado nos invita a entrar en algunos establecimientos situados a un lado y otro de la calle.

Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, de Altea, con su tejado de azulejos azules.

En la plaza central destaca la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, con su cúpula de azulejos azules, flanqueada por restaurantes variopintos de terrazas llenas.

Pero la plaza nos depara una sorpresa inesperada: el Mirador de los Cronistas. Uno de los muchos puntos que esta bella villa esconde, aunque este, sin duda, ofrece unas vistas extraordinarias con el Albir y el Peñón de Ifac al fondo.

Inmortalizado innumerables veces, este rincón atesora, a buen seguro, secretos inconfesables de enamorados que tienen aquí uno de sus mejores recuerdos.

La música suena de fondo mientras continuamos nuestro periplo por una de las callejuelas que salen de la plaza. Arrocerías, pizzerías y heladerías compiten por atraer la atención del turista. Y es que Altea ofrece una amplia oferta gastronómica en establecimientos con terraza desde la que saborear un buen arroz con vistas al mediterráneo.

Pero el turista no solo puede disfrutar de platos tradicionales, sino que también existe un amplio abanico de restaurantes italianos e hindúes para los paladares más exóticos.

Dosenelcamino.blog pudo disfrutar de un excelente “arroz al señoret” en el l’Airet, un local que ofrece calidad a buen precio en una ubicación excepcional. El trato afable del camarero y la buena cocina hicieron las delicias de una sobremesa inolvidable. Un lugar recomendable entre la gran oferta culinaria.

El atardecer es otro de los momentos únicos de Altea. Llegado este momento, solo cabe deleitarse con la luz que, poco a poco, va apagándose entre las callejuelas de este espectacular pueblo. Uno de los más bonitos de España.

Vista de la bahía de Altea desde el Mirador de los Cronistas.

Imagen de Essaouira y sus playas.

Dosenelcamino.blog finaliza con este post la serie de reportajes sobre su viaje a Marrakech. Una última parada en Essaouira que nos dejó un profundo sinsabor para el que solo existe un remedio: volver lo antes posible a esta espectacular ciudad. La conocida como “perla del Atlántico” bien merece una nueva visita con más tiempo para saborear cada uno de sus rincones.

Nuestro recorrido se inició en Marrakech de la que está separada a unos 150 kilómetros. Utilizamos uno de los autobuses que regularmente conectan las dos ciudades en unas tres horas. Una carretera que atraviesa inmensas extensiones de olivares en un paisaje casi mediterráneo pese a su situación geográfica.

Entre turistas y lugareños, el viaje transcurre con las paradas habituales en pequeños restaurantes de carretera a los que el viajero comienza a acostumbrarse en su periplo por Marruecos. Establecimientos desangelados que parecen resurgir con la llegada de los deseados visitantes.

Reanudada la marcha, siempre hacia el oeste, el paisaje se nos antoja monótono, lo que sirve de acicate para el merecido descanso tras varios días de viaje.

Pero, de repente, algo nos despierta de nuestro letargo y nos llama poderosamente la atención. Son las famosas cabras subidas a los árboles de argán. Un atractivo más de este maravilloso país que desconocíamos y que, desde luego, merece la pena contemplar. Pero ahí están. Desafiantes.

Cabras en las ramas de un árbol de argán.

Su presencia provoca un revuelo entre los pasajeros que no dejamos de señalar mientras móviles y cámaras compiten por obtener la mejor estampa.

El autobús sigue su trayecto de forma inexorable y nos quedamos con las ganas de hacer una parada en el camino para contemplar de cerca esta muestra más de la peculiaridad de este país.

Los blancos y azules compiten por destacar en el fondo ocre de su muralla

Poco a poco el paisaje se suaviza y nos llegan los primeros aromas marinos. Essaouira ya se divisa y aparece ante nosotros una imagen más propia de la costa mediterránea. Los blancos y azules compiten por destacar en el fondo ocre de su muralla, de su medina y de sus fortificaciones. Un conjunto histórico reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Nada más bajar del autobús el olor a mar nos llena los pulmones y el graznido de las gaviotas nos da la bienvenida a esta ciudad de 80.000 habitantes que ha sido testigo del paso de fenicios, romanos, portugueses y franceses de los que aún quedan vestigios en los rincones de su medina.

Essaouira ha sabido aunar tradición y modernidad

Entramos por la puerta de Bar Doukhala, una de las tres monumentales que dan acceso. Nos perdemos entre sus calles simétricas en un bullicio aletargado por la lluvia incesante que cubre todo de un manto grisáceo. Sin embargo, seguimos adelante, serpenteando entre los callejones. Contemplando esta maravillosa ciudad que ha sabido aunar tradición y modernidad de manera ejemplar.

Una de la tres puertas de entrada a la medina de Essaouira.

Nos dejamos llevar, sin rumbo fijo. Solo los sempiternos vientos alisios guían nuestros pasos en este lugar que rezuma historia.

Los lugareños, acostumbrados a esos extraños visitantes que cámara en mano todo lo fotografían, siguen con sus quehaceres habituales mientras el turista despistado entra en su mercado, ya casi vacío por las horas.

Seguimos recorriendo sus calles sin dejar de sorprendernos hasta adentrarnos allí donde el turista no llega, pero sí dosenelcamino.blog. Es en esta zona de la ciudad donde se dibujan las mejores pinceladas del carácter y la cultura de la ciudad.

Carros con fruta y pescado nos salen al encuentro, mientras buscamos un lugar donde reponer fuerzas. En una tradicional freiduría compramos varias piezas de pescado que degustamos con fruición en un local que nada tiene que ver con los convencionalismos occidentales. Pero estamos en Essaouira, y en su mercado. En una ciudad turística que, pese a todo, ha sabido salvaguardar sus costumbres y tradiciones.

Recuperadas las fuerzas, continuamos caminando hasta llegar a uno de sus puntos más emblemáticos: el puerto.

Sonidos, aromas y colores que nos trasladan a otras épocas

Un mar de barcas azules nos recibe mientras el fuerte olor a pescado llena nuestros sentidos. Hombres (las mujeres no se dejan ver mucho por aquí) pertrechados con chubasqueros murmuran a nuestro paso en un cielo encapotado. La lluvia arrecia pero la imagen queda fija en nuestra retina. Sonidos, aromas y colores que nos trasladan a otras épocas y a otros lugares.

Barcas azules en el puerto de Essaouira.

Las ruidosas gaviotas pululan de una proa a otra en un baile sin fin en busca de un trozo de pescado. Llega la hora de marcharse, no sin antes recorrer los puestos que a la entrada de la bocana ofrecen al turista marisco y bebida a buen precio. Un zoco marinero en el que regateo es el lenguaje oficial. Una verdadera lástima no poder quedarnos para dar buena cuenta.

Murallas de Essaouira.

El autobús nos espera. Recorremos por (pen)última vez las murallas de la Kasbah, donde la exitosa Juego de Tronos rodó alguno de sus episodios, con el convencimiento y la promesa de volver para perdernos entre sus calles. Hasta pronto.

Cañón en la fortaleza de Essaouira.

Si quieres conocer más sobre Essaouira pincha aquí: https://www.civitatis.com/es/marrakech/excursion-essaouira/?aid=12339

Entrada al hamman Moussaine, en Marrakech.

Los epítetos se quedan cortos para definir la experiencia de un verdadero hamman. Dosenelcamino.blog tuvo la suerte de visitar uno durante su viaje a Marrakech, el Hamman Mouassine.

Entre sus paredes, el visitante tiene la sensación de viajar al pasado más tradicional de este pueblo. Fundado en 1562, se ha mantenido prácticamente igual en los últimos cinco siglos, y nada tiene que ver con los más turísticos, que tanto proliferan en la ciudad amurallada.

La curiosidad se impuso a la incertidumbre. Tras los primeros momentos de desazón, entramos en un espacio muy diferente a la imagen estereotipada que predomina sobre este tipo de establecimientos. Las sensaciones se agolpan. La atmósfera tan peculiar del hamman nos envuelve y nos cautiva. La humedad y el calor se palpan, casi se pueden tocar.

Lo observamos todo con la mirada del niño que comienza un viaje iniciático hacia una de las tradiciones árabes más arraigadas. Tenemos la sensación de invadir un lugar de encuentro donde jóvenes y ancianos se integran en un espacio único. Un lugar donde el marroquí se relaja y cumple con la tradición, al menos una vez a la semana, de purificar cuerpo y alma.

Nos recibe el encargado del hamman que nos invita a tomar un té mientras esperamos a que nos faciliten una toalla y chanclas. Después de prepararnos, nos dirigen a una sala de techos altos y paredes descacarilladas donde rezuma la humedad. La sorpresa y, por que no admitirlo, cierto desasosiego se apoderan de nosotros. Pero a pesar de los primeros momentos de intranquilidad, seguimos adelante.

Un joven sentado en el suelo de la sala se embadurna con ritmo acompasado todo el cuerpo con una especie de jabón negro llamado beldi. Para frotarse utiliza un guante que usa con fruición desconcertante. Nos mira con extrañeza.

Tras unos breves instantes, continúa con su ritual. Llena un cubo de agua caliente y se enjuaga todo el cuerpo una y otra vez mientras próximo a él un niño de unos seis años observa atentamente cómo su padre le enseña a aplicar el jabón por todo el cuerpo. Primero los brazos, luego las piernas y el torso. Una y otra vez.

Un anciano tumbado en el suelo permanece inmóvil. Nos mira y sonríe. No entendemos lo que nos dice. Señala el guante y el beldi que tenemos a nuestro lado.

En ese momento entra el masajista. Un hombre con poblado bigote que nos pide que nos tumbemos en una especie de alfombrilla. Con la mirada fija en el techo, permanecemos unos minutos inmóviles, con el pensamiento perdido y la duda de si estamos en el sitio adecuado.

A los pocos minutos vuelve con un cubo lleno de agua. Primero nos embadurna con el jabón negro, hecho de aceite de oliva y con propiedades exfoliantes naturales. Con su guante nos frota los brazos, las piernas y la espalda de forma concienzuda. La mirada se mantiene fija en el techo del que caen gotas minúsculas de condensación. El ambiente, por momentos, se hace irrespirable. La humedad y el calor forman una densa niebla del que surgen figuras desdibujadas.

Finalizado el ritual del beldi, nos enjuaga con cubos de agua caliente que recoge de un grifo en la pared de enfrente. Una y otra vez, el agua cae por todo nuestro cuerpo. Ya limpios, comienza el masaje. Primero, de espaldas. Un brazo, otro. Una pierna, la otra. Las manos fuertes recorren el cuerpo, con ritmo, sin parar. El dolor deja paso al placer. Diez o quince minutos que terminan en la cabeza. Un masaje que nos reconforta.

El tiempo se ha detenido. Llevamos casi una hora y nuestra visita al hamman llega a su fin. Sentimos que, por un instante, hemos formado parte de este pueblo y de sus tradiciones.

A la salida, el mismo hombre que nos recibió con un té nos despide con un breve pero respetuoso adiós. Y nosotros dejamos el hamman Moussaine con la firme promesa de volver.

El hamman femenino

No queremos terminar este post sin mencionar el hamman femenino. Un lugar de encuentro, pero también de relajación, y una ventana a la libertad de las mujeres marroquíes.

Entrada al hamman femenino de Moussaine, en Marrakech.

Un espacio para las confidencias donde las clases sociales desaparecen y en el que los baños y los masajes son una excusa para la desinhibición. Un oasis en el que dar rienda suelta a los sentimientos y acabar con los miedos que atenazan, en gran medida, a la mayoría de la población femenina.

En el hamman femenino, dosenelcamino.blog vivió una de las experiencias más emotivas durante su viaje a Marrakech.

La entrada, separada de la de los hombres, se sitúa en un callejón al que se llega bordeando el edificio. Nada más cruzar la puerta se repite el ritual del té con el que reciben a las marroquíes (al menos una vez a la semana deben visitar el hamman) y a las turistas ávidas de nuevas experiencias.

Con sus taburetes y pequeñas bolsas llenas de aceites, cremas y ungüentos, entran una a una en la sala donde iniciarán su baño.

Hacemos lo propio tras elegir uno de los masajes ofertados en distintas lenguas. Un ejemplo de cómo, poco a poco, los hamman se abren al turista que busca disfrutar de una tradición que se remonta a las termas romanas.

Al entrar en el sala la imagen desconcierta. Nos sentimos extraños en un mundo muy diferente del que existe al otro lado de sus muros. Aquí, las mujeres ríen a carcajadas, lloran y cantan. Se cuentan secretos inconfesables mientras cumplen con el ritual del baño.

Se acerca nuestra masajista. Semidesnuda, oronda y desbordante de bondad nos pregunta nuestro nombre mientras nos frota con el guante por todo el cuerpo tras impregnarnos de jabón negro.

Sentimos que el tiempo se para y que somos protagonistas de un momento mágico. Un ronroneo acompaña los movimientos acompasados de la señora con una dulzura que nos emociona. A nuestro alrededor, mujeres de todas las edades se lavan las unas a las otras. Se ríen, se frotan.

Alzamos la mirada y ahí está ella, cantando, susurrándonos, sin apenas entender nada de lo que dice. Pero no importa. Nos mece y nos sentimos protegidos, a salvo, en su regazo.

El canto cesa y las lágrimas recorren su cara. Nos confiesa que se acuerda de su madre, de cómo le cantaba, de cómo la quería. Y nos emociona. De nuevo. Y así, entre confidencias, acaba nuestro tiempo. Nuestro cuerpo sabe que tiene que abandonar el hamman, pero nuestra alma sigue con ella. A su lado, en nuestra memoria y en nuestro corazón. No la olvidaremos. Jamás.

Finaliza nuestra visita a un hamman marroquí. Una muestra clara de la riqueza de este país en el que conviven tradición y modernidad.

Lugares donde disfrutar de experiencias únicas que dejan una indeleble y profunda huella en el visitante.

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