Muy interesante eso de dormir en una casa flotante. Una cosa más para probar.

La playa

En estos tiempos que corren son, más que nunca, necesarios actos de responsabilidad que nos acerquen a los demás.

La llave de las palabras

playa

Ayer estrené el verano. Es decir, estrené la playa. Un poco tarde, en pleno julio. Tengo la extraña sensación de que el verano ya acabó. En realidad, los días ya no son tan largos como en junio o mayo y, poco a poco, irán a menos. Y yo estoy que no sé en qué estación del año vivo. La primavera nos la robaron, pasó desapercibida en medio del virus. Y el verano comenzó de una forma inusual.

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Nuestra escapada favorita

Una entrada muy interesante y práctica.

Como buenos amantes de viajar que somos, cada vez que tenemos la posibilidad, aunque sea mínimo un fin de semana, la aprovechamos. Argentina es un país muy grande, por lo tanto, planear a veces una escapada a lugares nuevos puede complicarse. Sin embargo, nosotros tenemos ese lugarcito lejos pero no tanto, y que es todo lo opuesto a nuestra casa… ese lugar es Villa Ventana.

Villa Ventana, ubicado a unos 550 km de nuestra casa, nos regala todo lo que nos gusta en nuestras escapadas: cerros, naturaleza, trekkings y, sobre todo, tranquilidad.

¿Por qué no preferimos a su vecina Sierra de la Ventana? Porque Sierra de la Ventana es muchísima más conocida y visitada, esto implica, una ciudad relativamente grande, mucha cantidad de gente y precios más altos.

Por el contrario, Villa Ventana es un pueblo con calles sin asfaltar, rodeada de pinos y cabañas, lo que le da un…

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Playa de los Muertos, en Carboneras.

Hay pocos lugares en España que puedan presumir de estar libres de la masificación turística. Y uno de ellos es el parque natural Cabo de Gata-Níjar. Dosenelcamino.blog se confiesa enamorado de este paraje único.

En esta entrada, queremos contar nuestra experiencia en Carboneras, un pequeño pueblo excluido del área protegida, aunque el 80 % de su término municipal forma parte del parque natural, con playas espectaculares como la de Los Muertosel Algarrobico o calas como la de Galera o las Salinicas.

Visitar el Cabo de Gata es viajar a otro mundo. Muy diferente de todo lo que nos rodea en el que la naturaleza (casi) virgen es la gran dueña y señora. Aquí el ser humano es consciente de su insignificante existencia frente a colosales acantilados, playas infinitas y calas de imposibles accesos.

El parque natural de Cabo de Gata-Níjar tiene 38.000 hectáreas terrestres y una franja marina de una milla

Un nuevo mundo por descubrir que, a buen seguro, impresionará al visitante. Su enorme extensión, 38.000 hectáreas terrestres y una franja marina de una milla, con 12.000 hectáreas, permiten todo tipo de excursiones en parajes semidesérticos de gran belleza.

Un entorno que, por fortuna, ha permanecido a salvo de la degradación medioambiental en lo que supone un ejemplar modo de convivencia entre respeto a la naturaleza y la explotación de los recursos turísticos.

Nuestro paso por Carboneras nos dejó un recuerdo inolvidable. Esta pequeña villa de casas blancas vive del turismo y de la industria. En su término se ubican una cementera, una central térmica y la desaladora más grande de Europa. Una actividad que contrasta con sus playas urbanas y, por supuesto, la de los Muertos, una de las grandes joyas del parque natural.

Iniciamos el viaje desde Elx por la AP7 y la A7 en un recorrido de unos 240 kilómetros, algo menos de tres horas. Una distancia pequeña para la sorpresa que el destino nos deparaba.

El hospedaje en el Hostal San Antonio fue otro de los gratos descubrimientos de este viaje. Un pequeño establecimiento familiar en el que te sientes como en casa. La amabilidad y simpatía que en todo momento ofrecen sus dueños fueron el mejor preludio de nuestra estancia en la zona.

Habitación del Hostal San Antonio, con el mar al fondo.

Una vez instalados, las ganas de pisar la arena de la playa pudieron más que el cansancio. A tiro de piedra del hostal, el paseo marítimo es el punto de encuentro de turistas y visitantes locales que tienen en este remanso de paz el mejor lugar donde disfrutar de la brisa marina.

Las playas del municipio invitan al chapuzón y a la práctica del esnórquel. En sus fondos, la presencia de la admirada posidonia nos garantiza la calidad de sus aguas. Un paraíso para los amantes del buceo, que tienen en el islote próximo, conocido como San Andrés, un lugar único para la práctica de esta actividad deportiva.

Nuestra primera jornada en Carboneras llegaba a su fin, pero antes recorrimos sus calles, la torre vigía de Mesa Roldán, el castillo de San Andrés, el puerto pesquero con su lonja, y la Torre del Rayo.

Pese a su auge turístico, este pequeño municipio mantiene su tradición pesquera y eso se nota en su oferta gastronómica. Los restaurantes y chiringuitos ofrecen pescado fresco de la lonja, que, a buen seguro, harán las delicias de los más exigentes.

Finalizábamos nuestro primer día en Carboneras con ilusión y ganas por seguir descubriendo sus rincones y, sobre todo, sus playas. En especial, la archiconocida de Los Muertos.

La canícula hacía de las suyas cuando comenzábamos la jornada. A unos 15 minutos en coche del casco urbano por la AL-5106 se encuentra el desvío que nos condujo por un camino de tierra hasta un aparcamiento. Desde allí continúa el recorrido andando por una senda hasta la playa.

Como si de feligreses se tratara, una decena de bañistas iniciaba su particular peregrinación bien pertrechados con sillas, hamacas, sombrillas, neveras y demás enseres.

Camino hacia la playa de los Muertos, en Carboneras.

En fila de a uno, iniciamos el descenso en un paraje seco y polvoriento que nos acercaba a acantilados volcánicos de espectacular belleza. Estamos en uno de los doce geoparques reconocidos por la Unesco en España. Un enclave único, duro, inhóspito, sin apenas vegetación y con escasa presencia humana, salvo los turistas que cada año lo visitan.

La playa de los Muertos es el paradigma de cómo la naturaleza se impone al hombre con toda su majestuosidad y grandeza

La playa de los Muertos es el paradigma de cómo la naturaleza se impone al hombre con toda su majestuosidad y grandeza. Restos volcánicos y fondos marinos son el escenario de este arenal de aguas turquesas que ofrece al visitante una imagen paradisiaca y virgen. Precisamente su acceso complicado la ha mantenido a salvo de espurios intereses económicos.

Tras una media hora de caminata y descenso continuo, emerge una imagen idílica, de un mar cristalino y una playa sinfín, en el que el náufrago que todos llevamos dentro se siente como en casa.

Figuras caprichosas, fruto de la erosión del viento, sorprenden al visitante por su volumen y altura. Gigantes que nos dan la bienvenida y que nos recuerdan el pasado volcánico de la playa de los Muertos, conocida de esta manera por los almerienses que situaban en esta costa la llegada de los cadáveres de funestos naufragios arrastrados por las corrientes marinas.

Pero nada más lejos de realidad. La actual playa de los Muertos ofrece al visitante un arenal de gravilla fina de más de un kilómetro de longitud donde los practicantes del esnórquel tienen su paraíso particular. De acceso fácil, hay que tener cuidado, no obstante, con el gran desnivel nada más entrar al agua.

Playa de Carboneras con sus conocidas aguas turquesas.

Zambullirse en este lugar te hace sentir insignificante ante la inmensidad de sus fondos trasparentes llenos de vida. Somos un grano en medio de este impresionante paraje que nos deja sin habla. Solo cabe admirar su grandeza y dejarse llevar.

Un arenal de gravilla fina de más de un kilómetro de longitud

Una playa idónea para el bañista que busca tranquilidad y paz, y huye de la masificación de gran parte del litoral mediterráneo. Un rincón de la costa almeriense donde perderse y disfrutar del contacto con la naturaleza.

Con el atardecer se renueva la magia de la playa de los Muertos y con ella la sensación de paz. Es hora de regresar. Eso sí, con la memoria llena de imágenes inolvidables y la promesa de volver.

Atardecer en Carboneras.

Altea, la villa blanca

Una de las callejuelas empedradas de Altea.

Considerado como uno de los diez pueblos más bonitos de España, Altea es, sin duda, uno de los paradigmas del turismo alicantino. Perderse ente sus calles empedradas es una de las mejores recomendaciones para el viajero ávido de paz y tranquilidad. Para dosenelcamino.blog, es un lugar muy especial del que guarda recuerdos imborrables.

Altea es un pequeño pueblo de 24.000 habitantes de la Maria Alta, que a la faldas de la sierra de Bernia se erige en un mirador privilegiado de toda la Costa Blanca, con el Peñón de Ifac y Benidorm en el horizonte.

Situado a 55 kilómetros de Alicante y a 90 de València, es visita obligada para el turista que disfruta de playas cristalinas, pero que también sabe recrearse con rincones inolvidables.

Hablar de Altea, es hablar de sus empinadas calles, de sus casas encaladas y de sus balcones multicolores

Hablar de Altea, es hablar de su casco antiguo. De sus empinadas calles, de sus casas encaladas y de sus balcones multicolores. De un laberinto que tiene en la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo el epicentro del que surgen como ramas del gran tronco callejuelas en dirección al puerto.

Dosenelcamino.blog inicia su recorrido del que nos separa apenas 90 minutos desde València. Desde que se liberalizó la AP7, visitar los municipios de la Marina Alta como Altea es mucho más rápido y, sobre todo, más barato. Pero si el viajero disfruta de sinuosas carreteras al borde del mar, merece la pena dirigirse por la nacional que bordea la costa. A cada paso, las imágenes que salen a nuestro encuentro nos dibujan playas y pequeñas calas de aguas trasparentes.

Calle de Altea.

Iniciamos nuestro recorrido por la villa blanca de la Marina Baja en un ascenso continuo por calles estrechas que nos dirigen a un aparcamiento público, próximo a la entrada del casco antiguo.

La calle Alcoi nos da la bienvenida con el empedrado tan característico de estos pueblos costeros. Viviendas de doble altura de un blanco inmaculado compiten con pequeños comercios de ropa y artesanía que reciben al turista con los brazos abiertos.

Nuestra primera parada es en el Hostal Fornet, del que guardamos un grato recuerdo. Un buen servicio a precio asequible, en una situación inmejorable, son sus mejores cartas de presentación.

Solventados los trámites del alojamiento y abiertos a nuevas experiencias, iniciamos nuestro camino. Nos sorprende la sensación de paz y tranquilidad que aquí encontramos. Nos sentimos a gusto y disfrutamos de cada momento.

Tienda de bisutería de Altea.

Cámara en mano, inmortalizamos cada uno de los rincones que aquí y allá nos salen al paso. Macetas multicolor compiten con tiendas de artesanía de todo tipo (bisutería, velas, ropa) que hacen las delicias del curioso empedernido. Pese al bullicio de los turistas, el ambiente relajado nos invita a entrar en algunos establecimientos situados a un lado y otro de la calle.

Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, de Altea, con su tejado de azulejos azules.

En la plaza central destaca la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, con su cúpula de azulejos azules, flanqueada por restaurantes variopintos de terrazas llenas.

Pero la plaza nos depara una sorpresa inesperada: el Mirador de los Cronistas. Uno de los muchos puntos que esta bella villa esconde, aunque este, sin duda, ofrece unas vistas extraordinarias con el Albir y el Peñón de Ifac al fondo.

Inmortalizado innumerables veces, este rincón atesora, a buen seguro, secretos inconfesables de enamorados que tienen aquí uno de sus mejores recuerdos.

La música suena de fondo mientras continuamos nuestro periplo por una de las callejuelas que salen de la plaza. Arrocerías, pizzerías y heladerías compiten por atraer la atención del turista. Y es que Altea ofrece una amplia oferta gastronómica en establecimientos con terraza desde la que saborear un buen arroz con vistas al mediterráneo.

Pero el turista no solo puede disfrutar de platos tradicionales, sino que también existe un amplio abanico de restaurantes italianos e hindúes para los paladares más exóticos.

Dosenelcamino.blog pudo disfrutar de un excelente “arroz al señoret” en el l’Airet, un local que ofrece calidad a buen precio en una ubicación excepcional. El trato afable del camarero y la buena cocina hicieron las delicias de una sobremesa inolvidable. Un lugar recomendable entre la gran oferta culinaria.

El atardecer es otro de los momentos únicos de Altea. Llegado este momento, solo cabe deleitarse con la luz que, poco a poco, va apagándose entre las callejuelas de este espectacular pueblo. Uno de los más bonitos de España.

Vista de la bahía de Altea desde el Mirador de los Cronistas.

Imagen de Essaouira y sus playas.

Dosenelcamino.blog finaliza con este post la serie de reportajes sobre su viaje a Marrakech. Una última parada en Essaouira que nos dejó un profundo sinsabor para el que solo existe un remedio: volver lo antes posible a esta espectacular ciudad. La conocida como “perla del Atlántico” bien merece una nueva visita con más tiempo para saborear cada uno de sus rincones.

Nuestro recorrido se inició en Marrakech de la que está separada a unos 150 kilómetros. Utilizamos uno de los autobuses que regularmente conectan las dos ciudades en unas tres horas. Una carretera que atraviesa inmensas extensiones de olivares en un paisaje casi mediterráneo pese a su situación geográfica.

Entre turistas y lugareños, el viaje transcurre con las paradas habituales en pequeños restaurantes de carretera a los que el viajero comienza a acostumbrarse en su periplo por Marruecos. Establecimientos desangelados que parecen resurgir con la llegada de los deseados visitantes.

Reanudada la marcha, siempre hacia el oeste, el paisaje se nos antoja monótono, lo que sirve de acicate para el merecido descanso tras varios días de viaje.

Pero, de repente, algo nos despierta de nuestro letargo y nos llama poderosamente la atención. Son las famosas cabras subidas a los árboles de argán. Un atractivo más de este maravilloso país que desconocíamos y que, desde luego, merece la pena contemplar. Pero ahí están. Desafiantes.

Cabras en las ramas de un árbol de argán.

Su presencia provoca un revuelo entre los pasajeros que no dejamos de señalar mientras móviles y cámaras compiten por obtener la mejor estampa.

El autobús sigue su trayecto de forma inexorable y nos quedamos con las ganas de hacer una parada en el camino para contemplar de cerca esta muestra más de la peculiaridad de este país.

Los blancos y azules compiten por destacar en el fondo ocre de su muralla

Poco a poco el paisaje se suaviza y nos llegan los primeros aromas marinos. Essaouira ya se divisa y aparece ante nosotros una imagen más propia de la costa mediterránea. Los blancos y azules compiten por destacar en el fondo ocre de su muralla, de su medina y de sus fortificaciones. Un conjunto histórico reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Nada más bajar del autobús el olor a mar nos llena los pulmones y el graznido de las gaviotas nos da la bienvenida a esta ciudad de 80.000 habitantes que ha sido testigo del paso de fenicios, romanos, portugueses y franceses de los que aún quedan vestigios en los rincones de su medina.

Essaouira ha sabido aunar tradición y modernidad

Entramos por la puerta de Bar Doukhala, una de las tres monumentales que dan acceso. Nos perdemos entre sus calles simétricas en un bullicio aletargado por la lluvia incesante que cubre todo de un manto grisáceo. Sin embargo, seguimos adelante, serpenteando entre los callejones. Contemplando esta maravillosa ciudad que ha sabido aunar tradición y modernidad de manera ejemplar.

Una de la tres puertas de entrada a la medina de Essaouira.

Nos dejamos llevar, sin rumbo fijo. Solo los sempiternos vientos alisios guían nuestros pasos en este lugar que rezuma historia.

Los lugareños, acostumbrados a esos extraños visitantes que cámara en mano todo lo fotografían, siguen con sus quehaceres habituales mientras el turista despistado entra en su mercado, ya casi vacío por las horas.

Seguimos recorriendo sus calles sin dejar de sorprendernos hasta adentrarnos allí donde el turista no llega, pero sí dosenelcamino.blog. Es en esta zona de la ciudad donde se dibujan las mejores pinceladas del carácter y la cultura de la ciudad.

Carros con fruta y pescado nos salen al encuentro, mientras buscamos un lugar donde reponer fuerzas. En una tradicional freiduría compramos varias piezas de pescado que degustamos con fruición en un local que nada tiene que ver con los convencionalismos occidentales. Pero estamos en Essaouira, y en su mercado. En una ciudad turística que, pese a todo, ha sabido salvaguardar sus costumbres y tradiciones.

Recuperadas las fuerzas, continuamos caminando hasta llegar a uno de sus puntos más emblemáticos: el puerto.

Sonidos, aromas y colores que nos trasladan a otras épocas

Un mar de barcas azules nos recibe mientras el fuerte olor a pescado llena nuestros sentidos. Hombres (las mujeres no se dejan ver mucho por aquí) pertrechados con chubasqueros murmuran a nuestro paso en un cielo encapotado. La lluvia arrecia pero la imagen queda fija en nuestra retina. Sonidos, aromas y colores que nos trasladan a otras épocas y a otros lugares.

Barcas azules en el puerto de Essaouira.

Las ruidosas gaviotas pululan de una proa a otra en un baile sin fin en busca de un trozo de pescado. Llega la hora de marcharse, no sin antes recorrer los puestos que a la entrada de la bocana ofrecen al turista marisco y bebida a buen precio. Un zoco marinero en el que regateo es el lenguaje oficial. Una verdadera lástima no poder quedarnos para dar buena cuenta.

Murallas de Essaouira.

El autobús nos espera. Recorremos por (pen)última vez las murallas de la Kasbah, donde la exitosa Juego de Tronos rodó alguno de sus episodios, con el convencimiento y la promesa de volver para perdernos entre sus calles. Hasta pronto.

Cañón en la fortaleza de Essaouira.

Si quieres conocer más sobre Essaouira pincha aquí: https://www.civitatis.com/es/marrakech/excursion-essaouira/?aid=12339

Entrada al hamman Moussaine, en Marrakech.

Los epítetos se quedan cortos para definir la experiencia de un verdadero hamman. Dosenelcamino.blog tuvo la suerte de visitar uno durante su viaje a Marrakech, el Hamman Mouassine.

Entre sus paredes, el visitante tiene la sensación de viajar al pasado más tradicional de este pueblo. Fundado en 1562, se ha mantenido prácticamente igual en los últimos cinco siglos, y nada tiene que ver con los más turísticos, que tanto proliferan en la ciudad amurallada.

La curiosidad se impuso a la incertidumbre. Tras los primeros momentos de desazón, entramos en un espacio muy diferente a la imagen estereotipada que predomina sobre este tipo de establecimientos. Las sensaciones se agolpan. La atmósfera tan peculiar del hamman nos envuelve y nos cautiva. La humedad y el calor se palpan, casi se pueden tocar.

Lo observamos todo con la mirada del niño que comienza un viaje iniciático hacia una de las tradiciones árabes más arraigadas. Tenemos la sensación de invadir un lugar de encuentro donde jóvenes y ancianos se integran en un espacio único. Un lugar donde el marroquí se relaja y cumple con la tradición, al menos una vez a la semana, de purificar cuerpo y alma.

Nos recibe el encargado del hamman que nos invita a tomar un té mientras esperamos a que nos faciliten una toalla y chanclas. Después de prepararnos, nos dirigen a una sala de techos altos y paredes descacarilladas donde rezuma la humedad. La sorpresa y, por que no admitirlo, cierto desasosiego se apoderan de nosotros. Pero a pesar de los primeros momentos de intranquilidad, seguimos adelante.

Un joven sentado en el suelo de la sala se embadurna con ritmo acompasado todo el cuerpo con una especie de jabón negro llamado beldi. Para frotarse utiliza un guante que usa con fruición desconcertante. Nos mira con extrañeza.

Tras unos breves instantes, continúa con su ritual. Llena un cubo de agua caliente y se enjuaga todo el cuerpo una y otra vez mientras próximo a él un niño de unos seis años observa atentamente cómo su padre le enseña a aplicar el jabón por todo el cuerpo. Primero los brazos, luego las piernas y el torso. Una y otra vez.

Un anciano tumbado en el suelo permanece inmóvil. Nos mira y sonríe. No entendemos lo que nos dice. Señala el guante y el beldi que tenemos a nuestro lado.

En ese momento entra el masajista. Un hombre con poblado bigote que nos pide que nos tumbemos en una especie de alfombrilla. Con la mirada fija en el techo, permanecemos unos minutos inmóviles, con el pensamiento perdido y la duda de si estamos en el sitio adecuado.

A los pocos minutos vuelve con un cubo lleno de agua. Primero nos embadurna con el jabón negro, hecho de aceite de oliva y con propiedades exfoliantes naturales. Con su guante nos frota los brazos, las piernas y la espalda de forma concienzuda. La mirada se mantiene fija en el techo del que caen gotas minúsculas de condensación. El ambiente, por momentos, se hace irrespirable. La humedad y el calor forman una densa niebla del que surgen figuras desdibujadas.

Finalizado el ritual del beldi, nos enjuaga con cubos de agua caliente que recoge de un grifo en la pared de enfrente. Una y otra vez, el agua cae por todo nuestro cuerpo. Ya limpios, comienza el masaje. Primero, de espaldas. Un brazo, otro. Una pierna, la otra. Las manos fuertes recorren el cuerpo, con ritmo, sin parar. El dolor deja paso al placer. Diez o quince minutos que terminan en la cabeza. Un masaje que nos reconforta.

El tiempo se ha detenido. Llevamos casi una hora y nuestra visita al hamman llega a su fin. Sentimos que, por un instante, hemos formado parte de este pueblo y de sus tradiciones.

A la salida, el mismo hombre que nos recibió con un té nos despide con un breve pero respetuoso adiós. Y nosotros dejamos el hamman Moussaine con la firme promesa de volver.

El hamman femenino

No queremos terminar este post sin mencionar el hamman femenino. Un lugar de encuentro, pero también de relajación, y una ventana a la libertad de las mujeres marroquíes.

Entrada al hamman femenino de Moussaine, en Marrakech.

Un espacio para las confidencias donde las clases sociales desaparecen y en el que los baños y los masajes son una excusa para la desinhibición. Un oasis en el que dar rienda suelta a los sentimientos y acabar con los miedos que atenazan, en gran medida, a la mayoría de la población femenina.

En el hamman femenino, dosenelcamino.blog vivió una de las experiencias más emotivas durante su viaje a Marrakech.

La entrada, separada de la de los hombres, se sitúa en un callejón al que se llega bordeando el edificio. Nada más cruzar la puerta se repite el ritual del té con el que reciben a las marroquíes (al menos una vez a la semana deben visitar el hamman) y a las turistas ávidas de nuevas experiencias.

Con sus taburetes y pequeñas bolsas llenas de aceites, cremas y ungüentos, entran una a una en la sala donde iniciarán su baño.

Hacemos lo propio tras elegir uno de los masajes ofertados en distintas lenguas. Un ejemplo de cómo, poco a poco, los hamman se abren al turista que busca disfrutar de una tradición que se remonta a las termas romanas.

Al entrar en el sala la imagen desconcierta. Nos sentimos extraños en un mundo muy diferente del que existe al otro lado de sus muros. Aquí, las mujeres ríen a carcajadas, lloran y cantan. Se cuentan secretos inconfesables mientras cumplen con el ritual del baño.

Se acerca nuestra masajista. Semidesnuda, oronda y desbordante de bondad nos pregunta nuestro nombre mientras nos frota con el guante por todo el cuerpo tras impregnarnos de jabón negro.

Sentimos que el tiempo se para y que somos protagonistas de un momento mágico. Un ronroneo acompaña los movimientos acompasados de la señora con una dulzura que nos emociona. A nuestro alrededor, mujeres de todas las edades se lavan las unas a las otras. Se ríen, se frotan.

Alzamos la mirada y ahí está ella, cantando, susurrándonos, sin apenas entender nada de lo que dice. Pero no importa. Nos mece y nos sentimos protegidos, a salvo, en su regazo.

El canto cesa y las lágrimas recorren su cara. Nos confiesa que se acuerda de su madre, de cómo le cantaba, de cómo la quería. Y nos emociona. De nuevo. Y así, entre confidencias, acaba nuestro tiempo. Nuestro cuerpo sabe que tiene que abandonar el hamman, pero nuestra alma sigue con ella. A su lado, en nuestra memoria y en nuestro corazón. No la olvidaremos. Jamás.

Finaliza nuestra visita a un hamman marroquí. Una muestra clara de la riqueza de este país en el que conviven tradición y modernidad.

Lugares donde disfrutar de experiencias únicas que dejan una indeleble y profunda huella en el visitante.

Desierto de Merzouga.

Dosenelcamino.blog iniciaba la segunda etapa de su viaje a Marrakech. Probablemente la que más nos impresionó y, desde luego, la que más nos emocionó.

La cita era a las 7.30 en la plaza Djemma El Fna. El bullicio de las calles dejó paso a un ambiente fantasmagórico. La ciudad dormía bajo una fina lluvia. Ateridos de frío nos acercamos al lugar indicado. La primera impresión al ver la plaza desierta nos sorprendió. En seguida, un vehículo paró ante nosotros. Sería nuestro transporte durante las próximas diez horas en un recorrido por el imponente Atlas hasta llegar al desierto de Merzouga.

Poco a poco fueron llegando nuestros compañeros de viaje con los que disfrutaríamos de una ruta inolvidable. La furgoneta, con todas las comodidades, iniciaba su periplo recogiendo allí y allá a viajeros, mientras, poco a poco, dejábamos atrás Marrakech.

Diez horas de camino nos esperaban. Siempre hacia el este, hacia el Sahara. Pero antes teníamos que atravesar las imponentes montañas del Atlas, una cordillera que atraviesa Túnez, Argelia y Marruecos.

Tras varias horas de viaje, hacíamos la primera parada en un pequeño bar en medio de un aguacero. Un café rápido nos calentó lo suficiente para seguir nuestro camino.

La ascensión era continúa en una carretera sinuosa que se asomaba al abismo en una paisaje cubierto de nieve. Parecía imposible a unas horas de la cálida Marrakech, pero era cierto. Nuestro vehículo serpenteaba entre valles y picos a los que apenas alcanzaba la vista.

La cordillera del Atlas.

La segunda parada en un mirador nos permitió disfrutar de la grandeza y sorprendente majestuosidad de esta cordillera. Inhóspita y bella. Tras recuperar fuerzas, reiniciamos el viaje hacia el sudeste. La próxima parada sería uno de los lugares con más encanto de nuestro viaje a Marruecos. El pueblo fortificado de Ait Ben Haddou.

Situado a unos 190 kilómetros de Marrakech y a unos 30 de Ouarzazate, preside el valle del río Ounila. Considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1987, este conjunto de kasbahs es uno de los mejores conservados, más antiguos y más espléndidos ksars del país.

Nuestro guía cruzó el puente que nos llevaría desde el núcleo más moderno hasta la ciudad bereber de Ait Ben Haddou, a unos 100 metros de altura. El ascenso entre calles estrechas y kasbahs de adobe (arena, arcilla, agua y, a veces, material orgánico como paja o estiércol) nos trasladaron a iconos cinematográficos que han tenido en este lugar mágico su mejor escenario.

No en vano, aquí se han rodado películas tan recordadas como Lawrence de ArabiaJesús de NazaretLa última tentación de CristoLa Momia, GladiatorAlejandro Magno y más recientemente la serie Juego de Tronos

Nos contó nuestro guía bereber que solo unas diez familias siguen viviendo en este entresijo de paz solo roto con las típicas tiendas donde hacer acopio de recuerdos.

La subida finaliza en una especie de explanada de excelentes vistas, con el río Ounila, el palmeral y al fondo el desierto. Nuestro próximo destino.

Nos poníamos en camino hacia las Gargantas del Dades. Anochecía mientras la furgoneta serpenteaba entre montañas rojizas de gran belleza.

Las casas se fundían con el paisaje adoptando ese color tan peculiar de esta zona de Marruecos. Poco a poco nos adentrábamos en este profundo barranco, destino turístico de miles de viajeros que no quieren perderse sus impresionantes paisajes y la hospitalidad de sus gentes: los bereberes.

Tras una primera parada ante un desfiladero, llegamos a la garganta. Dos acantilados de 300 metros de altura que nos hacen sentir insignificantes ante la grandeza de la naturaleza.

Adentrarse en este bello paraje, con el omnipresente río Dades, es imbuirse de sensaciones hasta ahora ocultas. Sobran las palabras y se impone el silencio. Solo cabe la admiración más absoluta ante lo que tenemos ante nuestros ojos. Paseamos rodeados de gigantes que nos miran con curiosidad. Estamos en las Gargantes del Dades.

La luz del anochecer nos ofrece una imagen más bella si cabe. Disfrutamos de nuestro entorno y nos sentimos inmensamente agradecidos. Marruecos, una vez más, nos ha enamorado.

Retomamos el viaje hasta un hotel próximo donde descansar de una larga jornada llena de emociones. Pero lo mejor estaba por llegar: el desierto de Merzouga.

Al amanecer iniciábamos la marcha tras un reconstituyente desayuno. Teníamos por delante un nuevo día. De nuevo en la furgoneta, el silencio y la caras somnolientas se apoderaban del ambiente. El conductor y nuestro guía nos informaban de nuestra nueva ruta.

Poco a poco, las montañas y los desfiladeros dejaban paso a enormes llanuras. El paisaje se tornaba ocre y llano. Cruzábamos pueblos donde el tiempo parecía haberse detenido. Definitivamente, estamos en otro mundo muy distinto al nuestro. Estábamos en Marruecos, en un país de contrastes que asombra a todos.

De repente, a lo lejos, divisamos los primeros de los muchos dromedarios que desde entonces íbamos a encontrarnos. Puntos blancos en el firmamento aparecían como pequeños motas en un paisaje monocromático. Las antiguas jaimas de pastores han dejado paso a puntos más turísticos donde alquilar excursiones en vehículos 4×4 o en los sempiternos dromedarios.

Comenzábamos una nueva aventura. Nos aproximábamos al imponente y silente desierto de Merzouga, de cerca de 30 km de longitud y una anchura media de aproximadamente 8 kilómetros, y dunas que pueden alcanzar los 150 metros de altura.

Un lugar que a nadie deja impasible. Cada vez estábamos más cerca del también conocido como desierto de Erg Chebbi. En el horizonte, las dunas de fina arena estaban a tiro de piedra. Y la emoción nos embargaba. Aquí y allá, mirábamos por las ventanillas de la furgoneta en un intento fútil de retener todo lo que nuestros ojos veían.

La llegada al pueblo de Merzouga a media tarde nos permitió disfrutar de una temperatura muy agradable y un ligero viento. Por fin, pisamos el desierto. Tras descargar nuestras mochilas, nos prepararon para lo que sería, sin duda, otro de los momentos más increíbles. El paseo en dromedario por esta zona del desierto de Sáhara es experiencia inolvidable.

Con incertidumbre y, por qué no reconocerlo, cierto temor, iniciamos el camino entre las dunas. El anochecer iba poco a poco imponiéndose. En fila, aferrados a nuestro dromedario, en una especie de montaña rusa, nos dirigíamos a nuestro campamento en medio del desierto. Dos horas de camino en silencio, con los sentidos a flor de piel. Los ojos iban de acá para allá en un intento por no perderse nada de lo que teníamos ante nosotros.

El sol se escondía tras las dunas mientras nos acercábamos a una zona de jaimas. Pero antes, una parada para admirar el anochecer. Por un momento, ilusos, nos creímos parte de esta belleza. Pero no era así. Somos meros visitantes que pasan y se van, pero las dunas seguirán por siempre.

Reanudamos la marcha tras casi dos horas de camino hasta llegar al campamento. Bajo un firmamento de estrellas infinito, nos acomodamos en nuestra jaima. Un espacio confortable que nos sorprendió gratamente. Estábamos en medio del desierto, en una noche que se aventuraba inolvidable, a miles de kilómetros de nuestra ciudad.

Tras dar buena cuenta de una cena abundante, la velada nos reservaba nuevas sorpresas.

En torno a una hoguera, la fiesta bereber daba sus primeros pasos. Al principio, tímidamente para luego estallar en una expresión de alegría y júbilo donde viajeros, fuego y desierto nos fundimos en un solo ser.

Los tambores y las panderetas alegraban la noche. Era un día muy especial y así lo celebramos. Abandonados a la magia de la noche, bailamos, cantamos y gritamos. Éramos todos uno. El desierto nos hizo suyos.

Al amanecer, recogimos nuestras cosas para regresar al punto de partida. El camino de vuelta volvió a sorprendernos. El sol iba haciéndose fuerte en el cielo, proyectando sombras de una fila mágica que avanzaba sin descanso entre el mar de dunas. Silencio, de nuevo el silencio, se apoderó de todos nosotros. La emoción se hizo de nuevo fuerte. Las imágenes de paisajes imposibles nos hacían recordar que estábamos inmersos en un sueño del que no queríamos despertar.

Tras llegar a Merzouga, iniciamos el camino de vuelta a Marrakech. La pena y la tristeza nos embargaban. Nuestro cuerpos volvían a la ciudad, a la civilización, pero nuestras almas se quedaron allí: en el desierto, entre las dunas.

Dosenelcamino.blog quiere agradecer la oportunidad que este viaje nos ofreció de conocer a una pareja que desde entonces llevamos en nuestros corazones. El destino nos unió para siempre. Ahora solo nos queda reencontrarnos para recordar lo que vivimos y lo que, a buen seguro, viviremos en la próxima cita. La fortuna dirá dónde. Gracias a Romina y Paride.

Queremos agradecer también el excelente trato que en todo momento nos brindó el equipo de Morocco Global Adventures. Profesionalidad y amabilidad para un viaje inolvidable.

(Del 30 de noviembre al 2 de diciembre)

Sabíamos que el viaje a Marrakech iba a ser especial. Tras varios meses de preparación, por fin iniciábamos nuestra primera ruta por Marruecos, un país de contrastes que nos enamoró. Dosenelcamino.blog inicia con este post una serie de reportajes sobre nuestras experiencias en la ciudad amurallada.

Hay tantos viajes como viajeros. Las experiencias y sensaciones que cada uno puede experimentar difieren de las vividas por otras personas aunque hayan coincidido en los mismos lugares.

Son muchos los blog y las web que incluyen un sinfín de recomendaciones sobre qué visitar, cómo llegar, dónde hospedarse, dónde comer… Pero son los pequeños detalles los que, a menudo, hacen del viaje una experiencia inolvidable. Dosenelcamino.blog quiere ofrecerte esos consejos difíciles de encontrar que te ayudarán a huir de tópicos y estereotipos tan manidos como, a menudo, poco útiles.

Una breve introducción histórica nos permitirá conocer, aunque someramente, la importancia de esta ciudad imperial situada al oeste del reino de Marruecos. Fue fundada en 1062 por Yusuf ibn Tašufin, de la dinastía bereber de los almorávides. Desde entonces ha sido testigo del paso de los almohades, benimerines, jerifes

Una historia convulsa en la que también tuvieron protagonismo españoles, portugueses y franceses hasta su independencia en 1956. Una ciudad, Marrakech, conocida por sus palacios, jardines y su muralla. Restos de un pasado glorioso que se vio truncado al dejar paso a Rabat como capital del país.

Pero Marrakech es mucho más que su historia. Son sus gentes, sus aromas, sus zocos, sus contrastes, sus colores…

Es precisamente esa sensación de estar en otro mundo tan distinto al nuestro la primera impresión que nos impactó al bajar del avión. A apenas dos horas de vuelo desde València, Marrakech ofrece al viajero ávido de nuevas sensaciones una oportunidad única de vivir experiencias inolvidables.

Abiertos a un viaje iniciático, Dosenelcamino.blog llega a la ciudad amurallada de noche. Nada más bajar del avión, el calor se deja notar. La emoción nos embarga.

La salida del aeropuerto es el comienzo de una experiencia única y sorprendente. Pese a la hora, el revuelo de taxistas con carteles y de conductores privados en busca de turistas es abrumador. Tras un momento de incertidumbre, encontramos al nuestro que nos traslada a la primera Riad de las tres en las que nos hospedaremos en Marrakech.

El traslado desde el aeródromo hasta la ciudad es el preludio de lo que experimentaríamos después. El caos circulatorio es total, y lo que, en un primer momento, nos pareció casi una temeridad, luego se tornó en un rasgo más de esta ciudad y de sus gentes.

Nos percatamos de que estamos en una ciudad muy diferente a la nuestra. Coches y motocicletas se disputan la calzada en una guerra fratricida sin vencedores ni vencidos. Resulta sorprendente cómo los vehículos se cruzan ignorando las reglas básicas de circulación.

Pero esto es Marrakech. El viajero debe ser consciente de que visita una ciudad, un país, que transita entre la tradición y la modernidad de una forma muy peculiar.

El primer consejo de dosenelcaminoblog.es es mirar muy bien a ambos lados de la calle cuando nos dispongamos a cruzar. Y, sobre todo, en el zoco donde visitantes, motos y hasta carros comparten un mismo espacio angosto y, a menudo, sin espacio suficiente para moverse. Más adelante, detallaremos cómo nos fue en nuestra visita al zoco.

La llegada a la riad El Bellar fue más ajetreada de lo que hubiéramos imaginado. El entresijo de calles estrechas, inundadas de gente, nos sorprendió, pero la conmoción fue aún mayor cuando, por fin, cruzamos la puerta de entrada. El ruiodoso bullicio queda atrás para sumergirte en un ambiente sereno, tranquilo, donde el agua, las palmeras y las velas dan la bienvenida al visitante.

Está situada a 250 metros de la plaza Djemaa El Fna, a 400 metros de la Medina de Marrakech, a 400 metros del zoco de la Medina y a 5 km del aeropuerto de Marrakech-Menara.

Con una tradicional estructura presidida por el patio central, las habitaciones se sitúan en las plantas superiores. Su decoración traslada al visitante a un escenario de “Las mil y una noches”. Con todos los servicios necesarios de una habitación moderna, pero con los detalles de una auténtica riad. Y, por supuesto, con wifi.

Una vez instalados, es obligada la visita a La Plaza de Jamaa el Fna, el verdadero corazón de la ciudad. Todo pasa por este lugar. Nuestra primera toma de contacto de este peculiar enclave se produjo ya de noche.

Los puestos de comida donde disfrutar del tradicional tajín, las paradas de frutas donde degustar un delicioso zumo elaborado al momento (recomendamos por propia experiencia el puesto 49. Zumos auténticos y elaborados al momento) y los tenderetes de todo tipo de productos forman este peculiar ecosistema, centro neurálgico de Marrakech.

Restaurantes y teterías circundan una plaza a rebosar de turistas de todas las nacionalidades. A cada paso, carta en mano, jóvenes atentos a cualquier viajero despistado asaltan al posible cliente en un regateo sinfín.

De regreso al hotel, resulta abrumador pasear en el entresijo de calles. Las primeras horas en la ciudad amurallada llegan a su fin. Es hora de reponer fuerzas para la siguiente jornada.

Si nos sorprendió la decoración de la habitación, el desayuno no fue para menos. Café, fruta, tostadas, frutos secos, fiambre, mantequilla, zumo… Empezábamos el día de la mejor manera posible.

Comenzamos nuestro segundo día en Marrakech donde terminó el primero: en la plaza de Jamaa el Fna. Por la mañana, todo cambia. Se transforma. Los puestos de venta de todo tipo proliferan. Todo se vende, todo se compra.

En el bullicio de sus calles, Marrakech también oculta un lado más oscuro. Jóvenes que intentan engañar al turista despistado con más o menos éxito. Hay que tener cuidado con ellos. Se ofrecen como guías improvisados para llevarte donde tú quieras de forma gratuita. La realidad no es esa. Al final te piden (exigen) una cantidad por un supuesto servicio altruista.

En nuestro caso, nos dirigieron al barrio de los curtidores, al norte de la Medina. Un entresijo de edificios y naves desvencijadas donde se trata las pieles como hace siglos. Un olor nauseabundo lo impregna todo. A la entrada, el “guardián” te guía entre una zona de pequeñas pozas donde se tratan los distintos tipos de piel para su posterior tinte. Para mitigar en lo posible el mal olor te ofrecen ramitas de hierbabuena. Un remedio casero, sinceramente, de poca o nada utilidad.

Una curiosidad. Al parecer, según nos contó el improvisado guía que nos acompañó durante la visita, se utilizan excrementos de paloma para ablandar la piel por su gran poder corrosivo.

De ahí nos dirigimos a una de las muchas tiendas donde el viajero puede comprar alguno de los numerosos productos de piel que se venden a bajo precio en Marrakech. La fabricación casera y las precarias condiciones de los trabajadores están detrás de por qué se venden carteras, bolsos, mochilas y alfombras muy por debajo de lo que nos encontraríamos en cualquier tienda española.

Tras reponer fuerzas, realizamos un recorrido guiado por la ciudad. Muy recomendable para conocer esos pequeños detalles y anécdotas que hacen más interesante el viaje.

Otra curiosidad. En Marrakech, hay un muro reservado para que las formaciones políticas peguen su propaganda electoral. No está permitida la pegada de carteles en cualquier otro punto de la ciudad.

La segunda jornada llegaba a su fin. Una cena a la luz de las velas en uno de los restaurantes próximos al riad nos permitió rememorar lo mucho vivido. El restaurante Chez Brahim es una excelente elección: buen precio, música en directo y el mejor tajín de los alrededores. Un lugar idóneo para terminar la velada. Muy recomendable.

Imagen de Castril con la peña al fondo.

Dosenelcamino.blog sigue su singladura por la comarca de Huéscar para hacer parada en Castril. Un pequeño pueblo de apenas 2.000 habitantes que a la sombra de su peña recibe al visitante tras una serpenteante carretera.

El sinuoso recorrido esconde la maravillosa imagen de este municipio ligado a su río y a la sierra homónima, una formación geológica escarpada que impresiona al visitante neófito en montañas y macizos.

Pero antes de nuestra visita a Castril, dosenelcamino.blog hizo parada en Fátima, muy próximo a este núcleo y al que pertenece administrativamente. Punto de encuentro para amantes del senderismo y la cinegética.

Y es aquí donde el destino nos deparó una nueva sorpresa. Hizo la fortuna que salieran a la luz lazos familiares casi olvidados entre dos primos que apenas se recordaban.

Las viandas en una terraza soleada fueron el preludio del citado encuentro fortuito, asombrando a propios y extraños. Tras el almuerzo, la memoria hizo de nuevo de las suyas. Destinos diferentes les habían separado de niños, pero ahora, bajo la sombra de un emparrado a las faldas de la sierra, hablaron del pasado, de aquellos momentos de hermanos y tíos, de los que ya casi nadie queda.

El apodo con el que todo lugareño es conocido, en este caso, “el Moreno”, fue la pista que nos llevó a enlazar las vidas separadas.

La alegría siguió a la sorpresa. Y a esta la añoranza de volver a encontrarse. Por un momento, el tiempo se paró. Éramos testigos de cómo el viaje iniciático por la comarca de Huéscar había unido a seres queridos.

Con la promesa de mantener el contacto que nunca debió desaparecer, dejamos el restaurante familiar Hogar el Pensionistas El Moreno, de Alfonso Galera. Su amabilidad y buenhacer nos conquistó. Habíamos estado un par de horas en Fátima, pero nos íbamos con la seguridad de haber ganado un amigo, un primo…

Retomamos la carretera A-326 en dirección a Castril. Apenas 14 minutos nos separaban de nuestro destino. La tarde, soleada, invitaba a seguir descubriendo paisajes.

Al salir de una curva, la imagen nos obligó a parar el coche en el arcén y disfrutar de lo que nuestros ojos contemplaban. No faltó la fotografía de rigor ni los comentarios elogiosos del peñón que teníamos ante nosotros. Las casas pegadas a la roca forman un núcleo de calles empinadas y paredes blancas que sorprenden al visitante en cada recoveco.

Dosenelcamino.blog se perdió cámara en mano hasta llegar a la base de la Peña del Sagrado Corazón y el mirador del Cantón, cuya visita, desgraciadamente, tuvimos que dejar para mejor ocasión.

Junto al acceso al mirador se encuentra la Oficina de Turismo en la que nos ofrecieron abundante información con rutas de senderismo, campings, hoteles y restaurantes de la zona.

Retomamos la ruta en dirección al río hasta alcanzar su pasarela. Una construcción de madera que bordeando el cauce del Castril parece desafiar las alturas.

Pasear por este bello paisaje, en silencio, solo con la compañía del rumor del río, nos impresiona. La luz, era atardecer, daba al entorno un halo casi mágico.

Pasarela del río Castril.

La ruta de la Cerrada del río Castril parte del propio núcleo urbano y en poco más de dos kilómetros brinda al viajero la posibilidad de disfrutar de un ecosistema fluvial de gran riqueza.

Merece la pena hacer parada en una antigua central eléctrica a la que se llega tras cruzar un puente colgante desde el que se puede retratar el cañón con unas inmejorables vistas.

El recorrido prosigue hasta otro puente que conduce a una galería -de casi setenta metros de longitud- excavada en la roca que culmina en un balcón natural desde el que el viajero puede contemplar el último tramo de la estrecha garganta del Castril y un salto de agua.

El camino nos lleva a un antiguo molino -que todavía conserva la maquinaria- y que reconvertido en restaurante sirve de inmejorable parada para un refrigerio. De aquí, entre bancales y cultivos propios de la zona, dosenelcamino.blog asciende hasta llegar a la Peña de Castril.

De regreso, Castril nos brinda una imagen más digna de elogio. Al anochecer, la peña nos ofrece ese característico color sepia de las rocas iluminadas. Una imagen inolvidable.

Dejamos el pueblo, pero con la promesa de volver. Y, sin duda, lo haremos.

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